El colmado de don Chencho puede ser cualquier colmado situado en cualquier esquina de cualquier lugar del país. Un lugar donde los vecinos se reunían a tomar café, jugar dominó, discutir sobre política o bajarse una fría, expresiones típicas de la vida comunitaria. Sin embargo, en los últimos años el paisaje comenzó a cambiar de forma silenciosa pero agresiva. Primero apareció una pequeña ventanilla de aluminio con un letrero lumínico en la esquina: una banca de lotería. En poco tiempo, esa ventanilla se multiplicó en tres, cuatro y hasta cinco opciones distintas, alcanzando un número total que supera al de las escuelas, colegios e iglesias y compitiendo ferozmente por los pesos de los trabajadores y de las amas de casa como doña Tática. El sonido de las fichas de dominó y las discusiones sobre política y pelota fueron desapareciendo ante el murmullo de los sorteos de la mañana, la tarde y la noche, y el tintineo de las tragamonedas —los juegos favoritos de Ramón— que, como un casino ilegal, se encuentran al fondo de algún comercio. Con la llegada de los teléfonos inteligentes, la urgencia de apostar se metió directamente en los bolsillos de la gente, como en el caso de Kelvin. Así, lo que comenzó en los años sesenta como un entretenimiento exclusivo de los lujosos casinos turísticos terminó por integrarse al día a día de los dominicanos como el caso de Eduardo transformando el sueño de la prosperidad en una silenciosa epidemia de deudas y adicción que hoy afecta al presupuesto y hasta a la estabilidad emocional de miles de personas y sus familias.
La lotería, que comenzó como una iniciativa filantrópica del sacerdote Francisco Xavier Billini tan lejos como en 1882, operada manualmente y basada en la venta de billetes ambulantes, ha evolucionado en una gigantesca industria digital, diversificada y de alta frecuencia que, amparada por el Estado, opera decenas de sorteos en vivo cada día ofertando cientos de millones de pesos y otros premios tras los cuales los dominicanos invierten más del 0.8% del gasto de la canasta básica familiar. En término personales, la inversión ronda entre los RD$100 y RD$2,000 pesos diarios en apuestas.
Pero no se trata solamente de las loterías y sus inalcanzables modalidades de apuestas; la normalización de los juegos de azar en la sociedad dominicana desborda toda creatividad. Tras la búsqueda de una movilidad social basada en la suerte, se juega de todo y a todo: a los diversos deportes a través de las llamadas bancas deportivas; al póker, blackjack, baccarat, ruleta y máquinas tragamonedas en casinos ubicados legalmente en hoteles y zonas turísticas de lujo; y a través de los celulares mediante plataformas de iGaming y azar por Internet que replican los mismos juegos del casino y la banca deportiva mediante páginas web y aplicaciones móviles. Asimismo, se apuesta en las agencias hípicas que promueven las carreras de caballos; en las tragamonedas ubicadas de forma ilegal en distintos negocios —pero que todos conocen—; y a la lotería en los verifones portátiles que llevan el juego a todas partes. Se juega a los dados y a las cartas en cualquier lugar y circunstancia; a las peleas de gallos en galleras legales e ilegales; a la vitilla o béisbol callejero; e incluso a la placa de los carros, la rifa de aguante y las peleas de peces Betta con sus secuelas de violencia. Para colmo, la apuesta también rodea el peligroso mundo de las carreras clandestinas de motores, así como el billar y el dominó.
El impacto de los juegos de azar en la economía dominicana adquiere la categoría de paradoja, donde el gasto de uno se convierte en el beneficio de otro. Por una parte, esta actividad incide positivamente en las expectativas macroeconómicas del Estado al generar grandes ingresos fiscales, miles de empleos y atractivo para el turismo; por otra, afecta severamente la microeconomía de los hogares. Esto ocurre no solo debido a los costos sociales y financieros directos, sino también por su impacto en la salud mental de quienes sucumben ante la ludopatía y el fenómeno de la desesperanza aprendida. El que juega por necesidad pierde por obligación porque el destino estadístico del apostador es la perdida, la casa siempre gana.
Dado que el arraigo cultural del juego es profundo en los dominicanos proponernos armonizar el interés de los empresarios del juego y su alianza con el Estado frente a la misma necesidad que este tiene de proteger la familia no resulta fácil, al respeto, expertos sugieren que el Estado debe ejecutar políticas de salud pública para prevenir las secuelas económicas y psicosociales derivadas del juego con políticas inteligentes de regulación.
Entre las medidas sugeridas están romper el círculo de la desesperanza aprendida y la pretensión de movilidad social rápida, mediante la implementación de campañas de prevención desde las escuelas y programas de educación financiera. De igual forma, se propone legislar para que una parte de los ingresos fiscales derivados de este sector sea destinada a programas de apoyo, prevención y tratamiento de la salud mental, incluyendo la instalación de centros públicos especializados en ludopatía, así como prohibir la publicidad agresiva que promueve el éxito a través del azar. Además, resulta indispensable erradicar las modalidades de juego ilegales, regular las plataformas virtuales y delimitar estrictamente los territorios permitidos para la instalación de bancas o centros de apuestas.
Como propuesta final, se advierte que resulta altamente arriesgado y costoso en términos de salud mental que una sociedad normalice el azar como estrategia de desarrollo. La movilidad social de una nación debe depender de la estabilidad y la productividad de sus hogares, y no de la suerte de una tómbola. Precisamente, en respuesta a esta problemática, el Poder Ejecutivo promulgó la nueva Ley núm. 86-26 sobre juegos de azar; una legislación sobre cuya eficacia coexisten, dudas y esperanzas.
Victor Alvarez
Psicólogo, Profesor Universitario











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