
El Papa Francisco nos ha vuelto a sorprender nuevamente con la convocatoria del Año Extraordinario de la Misericordia.
Pocos pudieron haber advertido tan magno evento, en el mismo momento en el cual la Iglesia Universal estaba embarcada en la preparación y realización del Sínodo de la Familia. Era más lógico pensar que al final de un sínodo tan importante para la Iglesia y el mundo, se convocara al Año de la Familia y, sin embargo, no fue así.
El Obispo de Roma, que tiene el oído en el corazón del pueblo, ha dado muestra de cuánto le preocupa la humanidad y, en modo especial, sus ovejas, sabe que el mundo está ávido de misericordia.
Que las familias tienen necesidad de vivir y practicar misericordia. Que los compañeros de trabajos, las comunidades cristianas, los amigos, las naciones, los barrios y cada persona singular, anhela recibir y ofrecer la misericordia que viene de Dios. ¿Qué sería del mundo sin una pizca de misericordia? Tendríamos lastimosamente que admitir el nefasto axioma de Plauto: “El hombre es un lobo para el hombre (Homo homini lupus)”.
La humanidad necesita que los cristianos mostremos la cara visible de la misericordia, que recordemos que somos imagen de Dios (Gén 1,26) o como afirmara Séneca que “el hombre es algo sagrado para el hombre (Homo sacra res homini)”, porque en su corazón está impreso el amor y la misericordia de Dios. Miser = miseria y cordia = corazón, por lo tanto, la invitación es a vivir, sentir y compadecerse de las miserias y las necesidades del otro.
El Santo Padre lo explicó de este modo, en su homilía del pasado 8 de diciembre al dar apertura al Año de la Misericordia: “Este Año Santo Extraordinario es también un don de gracia. Entrar por la puerta significa descubrir la profundidad de la misericordia del Padre que acoge a todos y sale personalmente al encuentro de cada uno.
Será un año para crecer en la convicción de la misericordia. Cuánta ofensa se le hace a Dios y a su gracia cuando se afirma sobre todo que los pecados son castigados por su juicio, en vez de anteponer que son perdonados por su misericordia (cf. san Agustín, De praedestinatione sanctorum 12, 24). Sí, es precisamente así.
Debemos anteponer la misericordia al juicio y, en todo caso, el juicio de Dios será siempre a la luz de su misericordia. Atravesar la Puerta Santa, por lo tanto, nos hace sentir partícipes de este misterio de amor”.











Discussion about this post