Dentro del proceso enseñanza aprendizaje adquirir la competencia de la lectura constituye un logro significativo en la vida de todo estudiante. Aprender a leer puede convertirse en una experiencia trascendental que, indudablemente, marcará nuestras vidas y el éxito en el transcurrir del proceso de formación escolar. En lo que a mí respecta, al tratar la incursión en el fascinante mundo de la lectura es necesario remontarme a los primeros años de infancia y escolaridad.
Corría el mes de septiembre del año 1993 cuando ingresé a la escuela Básica Paulina Valenzuela a cursar el primer grado de primaria. A la par con la emoción de estrenar los útiles con su peculiar fragancia a nuevos; también sentía un profundo pánico como todo niño que se enfrenta a la experiencia de la iniciación escolar. Siendo honesta no recuerdo el nombre de la maestra, ni siquiera sus rasgos físicos, pero sí recuerdo que junto a ella viví mi primer acercamiento a la lectura.
El salón de clases que día a día nos acogía, se encontraba alegremente decorado con coloridas láminas, dibujos y cartulinas conteniendo las vocales, algunas sílabas, palabras y frases. Además, el aula se organizaba en dos bloques de alumnos sentados en filas. En el primer bloque estaban los niños “adelantados” y en segundo bloque los “atrasados”. Esta denominación se adquiría dependiendo del desempeño en el proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura de cada estudiante.
Al iniciar cada jornada de clase, ya era costumbre, repetir siempre guiados por la maestra cada secuencia de fonemas vocálicos y silábicos plasmados las cartulinas. Trazos que ante nuestros ojos lucían llamativos en aquellas paredes matizadas de un verde claro. Aun recuerdo como esas voces cantarinas coreaban al unísono lo que en voz alta leía la maestra. Si cierro los ojos, llena de nostalgia, imagino escuchar cuando todos juntos entonábamos como una canción perfectamente aprendida lo siguiente:
e- i- o- u
ma- me- mi- mo-mu
pa- pe- pi- po- pu
sa- se- si- so-su
/Mi mamá me ama/ /Mi mamá me mima/ /Amo a mi mamá/
Al terminar estas y otras lecciones, los alumnos que lograban por sí solos leer, o más bien repetir lo que contenían aquellos llamativos carteles, eran premiados al pasar de la fila de los atrasados a la de los adelantados.
Rememoro aquel día, cuando emocionada y con la ilusión de formar parte de la famosa fila de adelantados, me puse de pie y empecé a “leer”. Acompañada de un manojo de nervios, mientras el corazón latía más a prisa que de costumbre, reproduje bajo la apariencia de lectura, aquellas lecciones que por semanas había ensayado y aprendido de memoria. Esas mismas que incontables veces había escrito en el cuaderno. En medio de aquel amplio salón de clases llena de orgullo leía, mientras fijaba la vista en las paredes verdes que parecían ser cómplices de mi infantil osadía lectora.
Sin dudas, fue una experiencia que marcó mis primeros años de estudiante. Y como diría Mario Varga Llosa: “Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado. Casi 70 años después recuerdo con nitidez esa magia de traducir las palabras en imágenes”. Al igual que el citado nobel de literatura nunca borraré de mi memoria aquel inolvidable día. Atesoraré aquel instante cuando la maestra anunció mi triunfo seguido del aplauso que solía acompañar aquella acción, vista por nuestros pueriles ojos como heroica.
Ese día al llegar a la casa, una singular alegría inundaba todo mi ser. Mientras contaba a mi madre lo acontecido en clases, mis pupilas brillaban como diminutas estrellas. Ciertamente, dentro de mi infantil inocencia me sentía feliz de solo pensar que ya sabía leer y que, por ende, pertenecía a la fila de los “adelantados”.












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