Nunca como ahora había estado tan de la mano la sed de Cristo, la sed de Dios por parte de la humanidad y la sed del hombre sobre la tierra. Incluso algunos profetas (¿de mal agüero?) hablan de que la Tercera Guerra mundial será a causa del agua. Se hace necesario volver a Ulises, darle la mano y preguntarle en su Odisea qué influencia ejerce sobre ello el “Suplicio de Tántalo” y que nos revele el secreto, si ya terminó de pagar su desgracia; esperar la primera lluvia de mayo, correr como niños juguetones en la inigualable experiencia de saltar los charcos descalzos, gritar la alegría de la libertad silvestre, que con frecuencia mutilan los rascacielos, las corbatas y las solemnidades, sin importar si es personal o virtual.
Sí, la sed que llega con el sol meridional y desafía la resistencia en el desierto o el látigo que castiga la carne o la cruz en la espalda que martilla los huesos más profundos de Jesús y su cirineo. La sed del calor, la sed por la falta de sangre, la sed de justicia y, aun así, cuántos ríos con sus cauces llenos de odio, avaricia y terror que disfrazan la hermosura del universo y opacan las noches estrelladas de un firmamento que sonríe a los enamorados y canta: la sed del amor.
Y “el Amor” subió y gritó desde la Cruz: “Tengo sed” (Jn 19,28). Y todavía brillaba el sol y se agitaban los párpados de los ojos del moribundo de Amor, colgado, atado a clavos y madera, en dirección hacia el cielo y al horizonte, a la vez, por una pena que nunca fue suya.
Por las calles estrechas de Jerusalén o elevado, igual que la serpiente de Moisés (Núm 21,9; Jn 3,14), la sed era cada vez más aguda, porque en el desierto, la primera necesidad es el agua y el agotamiento era evidente después de 24 horas de suplicio, empujones, interrogatorios falaces, burlas, traiciones y desdenes. Pero no era esa su sed. El día antes había cenado con sus amigos y había estrenado el mejor banquete nunca jamás antes compartido: “Este es mi cuerpo… Esta es la Sangre de la Nueva Alianza” (1Cor 11,23-26).
San Agustín entendió que Jesús, al tener sed, reclamaba la fe de los suyos y “en lugar de la suavidad de la fe, le dieron el vinagre de la infidelidad” (Sermón 218), y, en ese momento, se cumplió la profecía: “Cuando tuve sed, me dieron a beber vinagre” (Sal 69,21). Y, sin embargo, mientras Jesús continuaba con su sed sobre la Cruz, perdonaba: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), muy diferente a Israel: “El pueblo tenía sed y murmuraron contra Moisés” (Ex 17,3) y hasta el grandote de Sansón se sintió pequeño y se quejó ante Dios (Jue 15,18). Pero Dios siempre se recordó de su pueblo y le dio de comer y calmó su sed (Neh 9,20; Sab 11,4).
El Pueblo Judío compartió esta responsabilidad divina: “Salgan al encuentro del que tiene sed y ofrézcanle agua” (Is 21,14); de hecho, para su Hijo Jesús esta es una de las obras por las cuales se juzgará en el amor: “Tuve sed y me dieron de beber” (Mt 25,42), y también: “El que cree en mí, nunca más tendrá sed” (Jn 6,35), porque él es el agua que salta a la vida eterna (Jn 4,14), le confirmó a la mujer samaritana del Pozo de Jacob, aunque, claro, él también sabía que quienes entraran al Reino de los Cielos no “sufrirán hambre ni sed” (Ap 7,16).
Dios está consciente, y el pueblo lo interpretó rápidamente, que la sed se sacia en diversos ámbitos y no sólo con el agua: “Vendrán días, oráculo del Señor, en los cuales mandaré hambre a la tierra; no hambre de pan ni sed de agua, sino hambre de oír la palabra de Dios” (Am 8,11). Por eso, los amantes tienen sed del beso; la madre, de abrazar su hija; el padre, de ver su hijo creer; el médico, del paciente recuperado; el enfermo, de su salud; el maestro, de ver que su alumno lo superó; el campesino, de sus conucos florecidos; el sacerdote, sus fieles fervientes; la humanidad, de la cura del Covid.
En todo este proceso universal, marcando el radio de la circunferencia: el mundo tiene sed de Dios (Sal 42,3) y dichoso el que lo reconoce, porque a veces el drama, el orgullo y las alturas desde donde se mira el mundo, no deja espacio para encontrarlo, allí donde él se muestra; por esa razón es necesario permanecer en movimiento, cambiar de posición, mirar desde otra perspectiva y, caer en la cuenta, que ya van dos meses en cuarentena. Con cierta frecuencia, a los humanos se le hace necesario mirar desde la luna para poder cambiar la visión de la tierra: Neil Armstrong lo sabía muy bien y nunca le tuvo temor al universo infinito. Los retos hacen girar la rueda del éxito y muestran el camino que conduce hacia el escondite de las grandes ideas.
Sed de Dios, de Cristo, del alma, del universo. Sed de que no sólo analicemos la numerología 20+20=40 y su sentido mágico, sino que en el hoy de la historia, descubramos el símbolo de la intervención salvadora de Dios por su Pueblo: Diluvio (Gn 7,12), en la vida de la persona: Esaú se casa con Judit (Gn 26,34); Moisés ora y recibe las Tablas de la Ley (Dt 9,9); Elías ayuna y encuentra a Dios (1Re 19,8); Jesús es presentado en el Templo (Lc 2,22), sus días en el desierto (Mt 4,2) y acompañó resucitado a los discípulos antes de su ascensión (Hch 1,3).
Todos tenemos sed. Sed “de hombres nuevos”, para crear la humanidad nueva, transformada, la “Iglesia de las nuevas playas”, como propugnó José Kentenich o el estilo de San Francisco de Asís, quien señaló a sus hermanos: los frailes, el sol, la luna, el lobo. A pesar de las indicaciones del santo seráfico, Dante en su Divina Comedia, poco tiempo después nos dijo en el “Canto del Infierno”, que los hombres perdieron el camino: “«Y a ti, dijo el Griego, te atormenta la sed que agrieta tu lengua, y el agua pútrida que te pone una montaña delante de los ojos». A lo que contestó el monedero: «Tu boca solo se abre para hablar mal como siempre; que si yo tengo sed y estoy hinchado de humores, tú padeces de resecura y de dolor de cabeza, y para lamer el agua que sirvió de espejo a Narciso, no ha menester muchas invitaciones»” (Canto Trigésimo).
El universo conspira hacia Dios e invita a la “recreación” del hombre interior, la construcción de un nuevo Adán y la recuperación del Edén, escenario de la hermandad y el amor, de experimentar la sed de Dios (Sal 42,2), la sed de la presencia del hermano, del vecino, del amigo, del abrazo, de la cercanía y de la necesidad de la metamorfosis personal.
La Madre Teresa de Calcuta experimentó en diálogo espiritual que amar a Jesús es tener sed de Él y saber que Él tiene sed de mí y me busca: “Tengo sed de ti. Sí, esa es la única manera en que apenas puedo empezar a describir mi amor. Tengo sed de ti. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Tan precioso eres para mí que tengo sed de ti. Ven a mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una nueva creación y te daré la paz aún en tus pruebas. Tengo sed de ti. Nunca debes dudar de mi misericordia, de mi deseo de perdonarte, de mi anhelo por bendecirte, y vivir mi vida en ti, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho. Tengo sed de ti. Si te sientes de poco valor a los ojos del mundo, no importa. No hay nadie que me interese más en todo el mundo que tú. Tengo sed de ti. Ábrete a mí, ten sed de mí, dame tu vida. Yo te probaré qué tan valioso eres para mi corazón… No importa cuánto hayas andado sin rumbo, no importa cuántas veces me hayas olvidado, no importa cuántas cruces lleves en esta vida, hay algo que quiero que siempre recuerdes y que nunca cambiará: tengo sed de ti, tal y como eres. No tienes que cambiar para creer en mi amor, que será tu confianza en ese amor que te hará cambiar. Tú te olvidas de mí y, sin embargo, yo te busco a cada momento del día y estoy ante las puertas de tu corazón, llamando”.











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