Señor espacio no se, de donde me surge la idea para elegir ese sitio para ejercer el oficio más odiado por mi, quizás por mucha gente también, cuidar carros y hacerlo de igual forma como esos desgraciados que no cuidan nada, a penas le ponen un maldito cartón para que supuestamente no se caliente el vehículo, pero al final se dan cuenta que tu eres el dueño del carro, se te acercan y te piden para el comedor económico y si no le das nada, te miran con desprecio y sobretodo te hacen sentir que te fuiste sin pagar, un trabajo realizado no pagado y quiero sentirme como parte de los personajes de la novela, LOS MISERABLES, de Víctor Hugo y vivir en ese lodo social, odiando a los responsables de mi miseria, especialmente a los indiferentes, a los llamados buena gente, a los que no son ni cristianos, ni ateos; aquellos que fueron de izquierda que disque aman a los pobres, a los de abajo, los tirapeos, al proletariado, a los locos callejeros, a los vagos del parque, a todos.
Queridas 27 con San Francisco en ese espacio estaré jodiendo a las gentes un día haré el papel de ciego como si fuera un personaje de la novela José Saramago, llamada ENSAYO DE LA CEGUERA; pero una ceguera que una epidemia como la covid-19, obligando a aislar a los afectados bajo unas condiciones anti humanas, pero con necesidad de salir a las calles porque perdí el trabajo; en Telenord, el consultorio no llegan pacientes por temor al contagio y otras entradas más.
Querida 27 con San Francisco sé que haré mi oficio de cuidador de carro muy bien, porque lo conozco; en varios años mi vida es una rutina de pueblo, de provincia donde todos nos conocemos o saben mi nombre por el programa de TV, La Ventana de Manolo.
Es una costumbre diaria que hago de cinco a seis paradas y todos quieren que les de para la comida; pero no para el trago o el pase de nariz.
La primera parada es en mi consultorio, en el Centro Médico Dr. Ovalle, allí se presenta cinco desgraciados, cinco taxistas más seis motoconchistas y una señora que pide en silla de ruedas, luego voy al parque Duarte a comprar el periódico, allí solo hay ocho; sigo a la banca a comprar el pase de la esperanza perdida, allí apenas hay cuatro cuidadores, pero están bien repartidos; pero siguen siendo los mismos necios, los dañadores de la suerte, por eso nunca me saco; pero sigo jugando.
Por último en la calle Colón con Castillo se para una joven a pedir con una cara hasta bonita, con un cuerpo casi gordo, pero con fuerza para trabajar hasta en una cocina; pero su rutina de caminar tantas horas bajo el sol, lo que confirma que no está bien de su mente que hasta Dios protege que un carro no le de un yaguazo.
Querida esquina 27 con San Francisco, espero que cuando me toque el oficio de cuidar carros por falta de trabajo, aparezcan clientes como yo que hay días que lo odio, los amo; me dan pena, lo entiendo y hasta lo mandó a la mierda.
Atentamente,
Manolo Bonilla




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