Ella fue novia mia hace 49 años, nos encontramos en la Farmacia San Pedro, por poco nos abrazamos, pero nos saludamos con la parte más dura que me queda, los codos, los chocamos y nos bajamos un poco las mascarillas.
La de ella era más cara que la mía, la que usan los ricos y la mía la que usan las enfermeras de atención primaria.
Nos miramos como si nos faltara memoria y yo me preguntaba que si era ella y estoy seguro que ella se preguntó si yo, era yo; solo la sonrisa me producía sospecha que era ella.
Ella la que su cuerpo fue mío, pero nunca me dió su alma, pero yo también no le dí la mía, porque el alma vuelve esclavo al individuo que la entrega y el cuerpo lo hizo Dios para que los animales le den sentido a la vida; más ella que tenía un cuerpo de yegua de paso fino, y yo un simple burro, pero lleno de juventud, ella de clase alta y yo de clase media baja; pero siempre buscando una tregua de felicidad como decía Mario Benedetti.
Ella era más que yo, más atrevida que yo, leía más que yo, tocaba el piano y yo ni tambora tocaba.
Ella escribía poemas y yo declamaba a Neruda, puedo escribir los versos más tristes esta noche; pensar que no la tengo, sentir que la perdí, qué importa que mi amor no pudiera guardar, la noche está estrellada y ella no está conmigo.
Ella como siempre sin ninguna inhibición le dijo a la joven de la farmacia dame dos pastillas de sildenafil de 50 mg., la azulita.
Estaba tan cerca de ella que escuché lo que pedía, sentí celos, rabia, sentí lo que no tenía derecho a sentir, sentir que me mareaba, que me moría, sentir que estaba vivo 49 años después.
Sentir el temor de preguntarme a qué fui a la farmacia, sentí que comenzó de golpe el alzheimer; sólo ella me sacó del espacio perdido y me dijo, toma Manolo llamame y ese señor sentado en ese Mercedes Benz, es mi marido. Quizás tenía la misma edad mía, 68 años, pero es extranjero, sus ojos azules de mar me aseguran que era francés, o italiano, portugues o americano, pero es extranjero y ella la atrevida, le dijo a él, es Manolo, mi primer novio y el pendejo extranjero me preguntó: “mucho gusto, era buena contigo”; su español un poco entendible y yo me volví una mierda humana, la lengua se me metió en el bolsillo izquierdo, no sabía responder, ni que decir; sólo pude repetir eramos felices porque eramos muy jóvenes y el extranjero me dijo: ella es tan vieja como nosotros, pero no lo preocupa, no quiere verse joven, si no verce feliz. El extranjero luego supe que era director de sinfónica en alemania, ella pianista de la sinfónica de París. Cuando se fueron me prometí conmigo mismo que mis últimos días de vida, me los pasaré aprendiendo música para tocar con dignidad, la tambora.
Atentamente,
Manolo Bonilla




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