Señora ella, nunca fuiste para mí, el nombre de aquella, de esa, de tu, la tipa, la diabla, la mujer, siempre fuiste ese nombre que hoy se me olvidó, después del Covid-19 y 68 años, me dio el Covid de la forma más simple y ligera, pero no puedo recordar tu nombre, te juro que recuerdo con claridad la noche que rompimos la silla plástica que sobre ella nos sentamos llenos de besos, de pasiones calientes y sobretodo el peso de una energía sexual que caímos al suelo más rápido que la famosa manzana de Newton, pero no llegamos a flotar cumpliendo la ley de Arquímedes que hace posible que los barcos naveguen en el líquido de las ganas, nos dormimos en el suelo como dos guerrilleros, llenos de utopía, de una revolución que no ha llegado desde el 27 de febrero de 1844.
Señora Ella, no recuerdo tu nombre, ni tu apellido, solo sé que eres el génesis de mi vida amorosa, todo se hizo en menos de 7 días, contigo aprendí por primera vez el beso negro, sentí por quien doblan las campanas, y por qué Dios hizo las noches oscuras, para verte con mis manos y al crear la luz del día pude ver con claridad la cicatriz en tu vientre por donde habían nacido tus hijos y hoy 40 años después, tus hijos son mis hijos y no recuerdo tu nombre ni apellido.
Señora Ella, no recuerdo de los siete días cuando Dios creó los mares, los ríos y mis lágrimas para hablar contigo cuando borracho, mis palabras no salían, pero recuerdo la noche que te conocí y como dice Armando Manzanero adoro los besos que te dí, adoro las cosas me dices, adoro la forma como ries, eres mi luna, eres mi sol, eres mi noche de amor. No recuerdo tu nombre, pero quiero morir contigo.
Señora Ella, recuerdo con exactitud, el por qué no estoy contigo, vivía mi peor lucha entre el amor y mi utopía revolucionaria, creía que el poder nacía del fusil, que el pueblo era real y valía la pena morir por el, creía que la izquierda era de derecha, creía que el partido como Moises creía en Dios, creía en Rafael Santos, Fafa Taveras, González Espinosa, Fidel Santana, Roberto Santana y otros Santana, como la marioneta del profesor Hernán Sánchez que después de muerto hasta una calle lleva su nombre.
Querida Ella, no recuerdo tu nombre y apellido, pero lo peor de todo es que hoy tengo 69 años, sin revolución, sin izquierda, sin Génesis, sin tí, sin estrellas, sin luna, sin sol, sin tu nombre y apellido, solo como Alicia en el País de las Maravillas, pero con la puerta abierta sin tener donde ir contigo.
Atentamente,
Manolo Bonilla, un fracaso











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