El mes de marzo está marcado por la celebración del Día Internacional de la Mujer, con sus orígenes, historia, altos y bajos, sabores de felicitaciones, reconocimientos y algarabías, pero también marcado por la distancia entre lo que es y lo que debe ser.
Con el pasar de los años, los avances en la exégesis bíblica, han permitido tener una mejor comprensión del contexto, la cultura y los géneros literarios que están presentes en la Biblia y también nos han ayudado a entender que las Sagradas Escrituras son una fuente inagotable de derechos y deberes, que nos conducen a una comprensión integral de la persona humana.
El contexto de la sociedad en la cual se escribe la Biblia refleja la concepción femenina típica de una sociedad patriarcal, machista y adulta, donde la mujer es considerada menor de edad y su única gloria es su maternidad; sufre las desgracias de la poligamia, el concubinato y el adulterio; es dependiente y pobre, necesitada del auxilio de su padre, su marido o de la caridad. Aunque todos estos elementos se encuentran diseminados en las páginas sagradas, el Libro de la religión judía y cristiana, transmite independientemente de las condiciones desfavorables jurídicas y sociales, una imagen depurada y sagrada de la mujer y el rol que juega, en primerísimo plano, en la Historia de la Salvación.
Sin detenernos en nombres específicos, la Biblia describe el rostro de la mujer sabia, sostén de la vida familiar, hermosa, generadora de amor; con un rol secundario y discreto en el culto, es modelo de la Alianza entre Dios y su pueblo, del amor y la fidelidad con su pueblo escogido, bajo la temática de un amor nupcial; el pueblo de Israel es signo de la identidad femenina, la amada (el nombre de Israel es femenino), esposa dilecta de Dios que, aunque pudiera serle infiel a su amado, él garantiza el amor fiel y eterno.
En este ambiente, el Ángel Gabriel anuncia la irrupción en el mundo del Hijo de Dios, de “Jesús, nacido de mujer” (Gál 4,4), de tal modo que, en la figura femenina de María, queda envuelta toda la humanidad en el evento salvífico: En ella se une el pesebre (Nacimiento) y el Gólgota (Cruz), donde ella es protagonista junto a su Hijo y queda constituida como la nueva Eva: la primera, madre de toda la humanidad; la segunda, madre espiritual de todos los generados en la Cruz de su Hijo. ¡Obra de mujer!
Jesús estuvo muy de cerca a las mujeres: ellas le acompañaban y le servían; él las sanaba, las perdonaba y denunciaba la hipocresía de las leyes que las perjudicaban (Jn 8,1-11), no diferenciaba entre las prostitutas y las justas (Mt 21,31), mientras que ellas tienen capacidad de convertirse, creer, asumir las exigencias éticas de Jesús, dar testimonio de él, ser discípulas (Lc 8,1-3) y anunciarlo (Hch 1,14); él les reconoce su derecho a vivir la monogamia, a ser esposa y madre (Mt 19,12).
Aunque en el Nuevo Testamento hay textos que desconocen el rol de la mujer al interno de las primeras comunidades cristianas, encontramos en Jesús, Pablo y los Apóstoles, actitudes valientes, de distanciamiento de las leyes, los hábitos y el trato a la mujer de su generación y la sitúan a la par de los hombres (1Cor 11,12).
Como podemos ver, de la Biblia sacamos elementos inspiradores para una verdadera visión de la mujer de ayer y de hoy, con la salvedad, de que no se pueden equiparar los elementos socioculturales-generacionales, con los bíblicos-sagrados; solo esta fragmentación de la comprensión del ser y hacer de la mujer, nos permite formarnos una imagen verdadera de la conciencia sagrada y única de la mujer en la Biblia e individualizar los elementos que nos permiten extraer de ella, datos imprescindibles para poder advertir el rol integral de la mujer en la familia, la sociedad, la Iglesia y la Teología.











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