En la Teología, al igual que en todas las ciencias, la mujer, en los últimos siglos, ha ido ganando terreno y, aunque desde el Génesis, el hombre y la mujer han gozado de la misma dignidad, en la práctica ésta no ha disfrutado de las mismas oportunidades.
A nivel de la educación y la literatura, la mujer estuvo prácticamente ausente, en la misma proporción en la cual la sociedad la tenía marginada a su ámbito familiar-maternal, privado, nunca público. Este rezago pesa también sobre sus hombros, para el terreno de la Teología, aunque en menor proporción porque es, en este campo, donde ella alcanzó más libertad de acción desde los monasterios y conventos. En la sociedad cristiana medieval fue desde donde empiezan a descollar las primeras mujeres Fundadoras de Congregaciones, escritoras y místicas, abriéndose paso en un mundo donde solo había espacio para los hombres; por su prolija producción literaria, algunas han sido reconocidas como Doctoras de la Iglesia.
Entre las mujeres más destacadas encontramos a santa Hildegarda de Bingen (1098-1179), santa Clara de Asís (1194-1253), Margarita Porete (+1310), santa Brígida de Suecia (1303-1373), santa Catalina de Siena (1347-1380), Juana de Arco (1412-1431), santa Teresa de Jesús o de Ávila (1515-1582), santa Margarita María Alacoque (1647-1690), santa Teresa del Niño Jesús o de Lisieux (1873-1897), santa Francesca Saverio Cabrini (1850-1917), santa María Goretti (1890-1902).
A partir de los umbrales del Siglo XX, la presencia de la mujer en la Teología ha sido significativa: en este período empezó a formar parte de la larga lista de los biblistas y teólogos que aportan al desarrollo de la Ciencia Sagrada; no obstante, la mujer debe fortalecer aún más su presencia en la vida de la Iglesia y en su reflexión, desde su comprensión femenina del mundo y de las cosas.
La Iglesia ha abierto espacios a las maestras en sus Facultades de Teología, no solo por el lugar que le da Jesús a las mujeres en su Evangelio, sino porque es muy necesario un diálogo equitativo y, a la vez, diferenciado entre el hombre y la mujer, para aprovechar la riqueza de sus enfoques al interno de la reflexión teológica; la Iglesia quiere escuchar a las mujeres, también desde su pluma y no solo desde los servicios que ella ofrece en la Iglesia y, de este modo, resarcir los siglos de deudas que tiene la sociedad y ella misma, por el espacio que nunca le otorgó, que silenció o desaprovechó para con quien Dios llamó a colaborar, como protagonista, en su obra salvífica.
La presencia de la mujer es una de las grandes riquezas con las que cuenta la Iglesia y, a pesar de las limitaciones, son incontables las contribuciones que ella ha hecho a través de la historia, por eso se necesita motivarla y abrirle el espacio que ella merece, como teóloga, para hacer su aporte desde la reflexión teológica.
Este proceso empezó decididamente en la Iglesia con ocasión de la clausura del Concilio Vaticano II, cuando Pablo VI, en el Mensaje a las Mujeres del 8 de diciembre del 1968, afirmaba: “La Iglesia está orgullosa, ustedes lo saben, de haber elevado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer, en el curso de los siglos, dentro de la diversidad de los caracteres, su innata igualdad con el hombre. Pero llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzado hasta ahora… Mujeres, ustedes, que saben hacer la verdad dulce, tierna, accesible, dedíquense a hacer penetrar el espíritu de este Concilio en las instituciones, las escuelas, los hogares, y en la vida de cada día”.
Para alcanzar esta bella invitación se hace necesario filosofar, teologizar y vivir el verdadero sentido de la maternidad de la Iglesia y la maternidad femenina, dar a luz nuevas ideas y nuevas formas de ser Iglesia, en un mundo que cada vez desafía más los fundamentos del Evangelio y es preciso otorgarle a la mujer el protagonismo en los momentos cumbres de la sociedad y la Iglesia, a ejemplo de la Virgen María. El Papa Francisco es el primer abanderado de esta reivindicación.











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