Regresar a la presencialidad después de aproximadamente dieciocho meses en casa, constituyó un gran reto para toda la comunidad educativa. No obstante, poco a poco nos hemos ido adaptando a la nueva normalidad o covidianidad, como algunos prefieren llamarle. Sin embargo, hay un fenómeno que puede turbar este proceso de readaptación, el cual hemos denominado ausentes presenciales; antítesis que describe la realidad áulica.
Los ausentes presenciales son aquellos estudiantes que estando en las aulas siguen lejos del rol que les corresponde. Se limitan a ocupar un asiento y responder: ¡presente! Sin realizar el más mínimo aporte en clase.
Quienes se dedican al análisis de la conducta pueden referir que son efectos secundarios del del largo periodo de confinamiento a causa del Coronavirus; al impacto por el cambio de métodos y modalidad; baja motivación o por la capacidad de resiliencia que poseen, y, puede que tengan razón. Empero, este mal hace décadas que se ha detectado en los preuniversitarios y con el pasar del tiempo, solo hace aumentar sin que surjan planes para amortiguar sus efectos.
Estos estudiantes se pueden identificar por características como estas: en periodo de inscripción, busca por todos los medios un cupo que le asegure un espacio en el sistema educativo; la semana de ambientación, rara vez asisten a la escuela; en clase se muestran distantes, sin interés y en ocasiones, quieren boicotear la sesión introduciendo otros temas o interrumpiendo sus pares. Se distinguen, además, por la dejadez con que asumen las tareas y sobre todo por su escasa producción. Asimismo, pueden faltar con frecuencia a clases, sin ninguna justificación o por sandeces, demostrando con ello la poca importancia asignada a su formación académica. También se les puede reconocer porque saben defender muy bien sus derechos, no obstante, desconocen sus deberes. Como si fuera poco, algunos, presentan problemas de disciplina.
En cuanto a su procedencia, algunas de las familias de estos chicos están tan interesadas en su porvenir, que no se dan por enteradas de lo que está pasando y se hacen los ciegos y sordos cuando son convocados a pasar por la escuela. Agravando más la situación y dejándonos con las manos atadas, pues si no se cuenta con el seguimiento y acompañamiento de los padres y/o tutores poco se puede hacer en el aula.
Las causas de esta patología pueden ser diversas, pero, quien escribe considera que la principal es la tolerancia excesiva, tanto en el sistema educativo dominicano, como en las familias. El camino se les ha puesto tan fácil, que han perdido el interés por recorrerlo. Entienden que de todas formas pasarán al curso inmediato superior, ya sea por la edad, por reincidencia, por asistencia o porque aparecen al final con un cuaderno en mano que, según ellos, avala el nivel de competencia alcanzado o porque están en su derecho.
Es momento ocuparnos, cada uno desde la función desempeñada, de este fenómeno que nos afecta, crece día a día y obstaculiza el proceso de enseñanza y aprendizaje en todos los grados y niveles. No debemos continuar aceptando como válido que un estudiante promueva sin estar presente.
Los docentes solos no podemos lograr mucho, pero unidos a la comunidad educativa se pueden buscar soluciones o al menos empezar a trabajar para que los estudiantes retornen a la presencialidad con todo lo que esto incluye. Pues más que butacas llenas, queremos entes activos, que asuman responsabilidades y sean capaces de dar respuestas a las diversas situaciones que enfrenten en la vida. Luchemos para que los estudiantes vuelvan a estar presentes sin importar la modalidad, pues no sabemos que otras pandemias nos quedan por enfrentar.











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