Hace poco menos de doce años me enojé mucho con mi hijo Otoniel. Tenía solo meses de nacido y se había puesto imposible de tratar. ¡Lloraba sin parar!
No quería dormir, ni comer. Lloraba en brazos, en el mueble, en la cama y hasta en el aire. Su madre estaba desesperada más que yo.
Le llevamos a su pediatra y esta solo le indicó medicamentos. El sufrimiento continuaba al punto que llorábamos los tres. Éramos padres primerizos y el internet ya se nos quedaba pequeño para buscar información que nos ayudara. Las altas fiebres y la constancia de las mismas alarmaban hasta a los vecinos.
Por idea de su madre visitamos otra pediatra y está solo hizo tomar la temperatura para desnudarlo y retraer el prepucio del niño. Desde que lo hizo salió de su penecito un chorro de orina con gran presión y de color verde. Un día después la fiebre bajó y el llanto se fue. Otoniel volvió a dormir y nosotros dormimos más.
Tenía ya dos días que no podía orinar debido a una retención que pudo haber sido mortal. Ya son diez años y estamos agradecidos de que esta lección pasara con nosotros.
Aprendimos con gran susto que un niño no llora sin motivos y que no debemos medir el dolor que padecen otros.
¿Alguna vez mediste el dolor en otro?
Es probable que lo hayas hecho con tu pareja, amistades, padres, hijos o cualquier persona cercana a ti.
Quizás dijiste a alguien que estaba emocionalmente inestable ‹Eres muy dramático (a), le das mucha mente a las cosas, todo te lo tomas personal, no lo cojas a pecho, no te ahogues en un vaso de agua›
Ojalá y tu intención fuera la mejor al decir estas cosas, pero no tuviste la capacidad de ejecutar la empatía. No fuiste capaz de ponerte en sus zapatos. Aquí lo que sugiero no es que seas víctima de las neuronas espejo y empieces a llorar junto a la otra persona, mi planteamiento es que hagas el esfuerzo de interiorizar en los sentimientos del otro y desde allí generes la estrategia más idónea y sincera para fortalecer la estima de quien lo necesite.
Todos (sin abusar de este común denominador) queremos ir de consejeros. Intentamos ser los mejores psicólogos y es allí donde cometemos el error más común ‹querer empujar al otro a que piense con nuestra mente y que actúe como en ese momento pensamos nosotros que lo haríamos›, tengo que ser enfático en esto, no está mal querer sacar del sufrimiento de un tirón a alguien a quien estimamos. No es mala idea desearle un stop al sufrimiento ajeno, pero es ahí donde debemos emplear toda la inteligencia emocional que se pueda y con todo el cuidado del mundo ejecutar algún plan estratégico que genere que la otra persona abandone un sentimiento o se resigne a perder algo o alguien.
El dolor no es igual para todos. Podrá ser la misma fuente de donde provenga, pero no el mismo recipiente hasta donde va.
Me gusta mucho un texto de la Biblia con el que estoy totalmente de acuerdo ‹Y otra parte cayó en tierra buena y dio fruto, algunas semillas a ciento por uno, otras a sesenta y otras a treinta› Mateo 13:8
Este texto, entre otras cosas narra que un sembrador regó el mismo tipo de grano sobre un terreno multiforme. Parte del terreno era incapaz de ofrecer a la semilla un ambiente de crecimiento y desarrollo, de modo que la que allí calló fue incapaz de sobrevivir.
En cambio, hubo otro tipo de terreno, uno al que le llegó la misma semilla que al anterior, pero esta estaba en toda su capacidad de producción y proporcionó al grano el ambiente perfecto para que creciera, se desarrollara y se multiplicase.
Pero de esa que creció y se multiplicó, hubo una diferencia significativa en la cantidad producida. Creo sensato preguntar ¿Cómo es posible que la misma semilla produjera frutos en medida diferente? La respuesta no parece ser complicada de explicar, pero si difícil de entender.
El terreno no es el mismo. Sé que dirás que era todo fértil, pero el hecho de que sea todo fértil no implica que posea todas las características de asimilación de los nutrientes que otorga el agua, el sol, el viento y otros elementos que intervienen allí. No importa lo cerca que callera una semilla de la otra, cada porción de tierra dará vida al grano según sea su capacidad.
Cuando se manejan las emociones sucede casi igual. Puede que la otra persona reciba la misma enseñanza que tú, puede que sea sometido (a) a las mismas dificultades en cualquier ámbito de la vida, pero jamás podrá dar lo que darías tú. Quizás refleje mayor o menor dolor, porque al final, cada quien es diferente y se tomará su propio tiempo en asimilar y superar las adversidades presentes.
Te invito encarecidamente a llenarte de paciencia para con aquellos que parecen asimilar más lentamente que tú los procesos adversos y si no encuentras esa paciencia pues mejor has silencio y busca primero ayuda tú mismo. Luego podrás ayudar a otros. Recuerda que no puedes dar lo que no tienes.
Me gustaría que ejemplifiques en tu vida lo mejor que puedas estas palabras <cuando se ayuda, es tan importante lo que se dice, como la forma y momento en que lo haces>
No minimices el dolor ajeno. Sé sabio (a) para entender cuando las cosas te superan y busca ayuda profesional, aunque no sea para ti.











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