Es conocida la expresión: “Las palabras se las lleva el viento”. Es decir, todo lo que
decimos es pasajero, es fugaz. Sin embargo, la palabra es uno de los medios más eficaces
que tenemos para comunicar nuestros pensamientos, sentimientos y pasiones, etc. Pues
gracias a la palabra, permitimos que los demás nos conozcan, que puedan entrar en nuestra
realidad. Porque ella continúa siendo una vía para crear vínculos de armonía y fraternidad
entre las personas. Con la palabra es posible el diálogo, la apertura y el acercamiento con
aquellos que se encuentran lejos.
La Biblia también es palabra, pero no una simple palabra, sino la más sublime y excelsa
manifestación de Dios. Es acción, es verbo, es dinamismo, y por supuesto, es un logo hecho
carne; Jesucristo. Que siendo Dios se hizo hombre, para vivir entre los hombres. Un
espíritu puro que se volvió lenguaje humano, sin dejar de ser realidad divina. Un Dios
cercano, que supo hacerse uno con todos; sin hacer distinción de personas, promoviendo
siempre el amor como fundamento de la existencia humana. Por esta razón, Jesucristo es la
Palabra viva del Padre.
Tomás Jefferson, reflexionando sobre la Palabra de Dios, decía: “Siempre he dicho, y diré
que el estudio de la Sagrada Biblia, hará mejores ciudadanos, mejores padres y mejores
esposos.” Ya que Dios conoce nuestra historia. Su palabra estuvo antes que la nuestra. Por
consiguiente, hay que tener la Biblia como eje trasversal, como guía para nuestros pasos.
En este sentido, una frase anónima, afirma: “Léala para ser sabio, créala para ser salvo y
practíquela para ser santo.” Pues que, con Dios siempre salimos ganando, nunca perdiendo.
Si buscamos éxito, prosperidad, sabiduría y una vida feliz, el Maestro debe ser el centro de
nuestra existencia.
Palabras existen muchas, ideas que invaden lo que somos, buscando desviar nuestro
sendero. Pero por más elocuentes y atrayentes que se vean las propagandas que nos ofrecen
los medios publicitarios, solo la palabra contenida en la Biblia, es la que nos garantiza
verdaderamente la felicidad. Por eso, decía el filósofo español, Miguel de Unamuno, “Tu
Palabra no muere, nunca muere, porque vive. No muere tu Palabra Omnipotente, porque es
la vida misma, y la vida no vive, vivifica.” Nos hace libre para pensar, amar y encontrarle
sentido a todo lo que hacemos.
Agustín de Hipona, uno de los Padres de la Iglesia Católica, decía: “Cuando oramos
hablamos con Dios, pero cuando leemos su Palabra, es Dios quien habla con nosotros.” Y
solo cuando escuchamos a Dios, por medio de su Palabra divina, dejamos que Dios se sea
Dios en nosotros. Permitimos que Dios derrame su gracia en cada criatura, de modo que el
corazón que recibimos de sus manos, se vuelve puro y santo. Dado este privilegio,
entonces, debemos acoger la Palabra de Dios, como el único sendero para construir nuestra
vida, ignorando todo lo que no sea Él. Y si un día nos equivocamos, reconocer el error
cometido y con nuevas fuerzas continuar en su presencia.











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