La sorpresa y la conmoción ante la muerte, aún bajo la condición de una larga enfermedad, es evidente y natural. Nos crea desasosiego la muerte del niño, del joven y del adulto. La muerte impacta tanto al hombre de fe como al ateo. Crea tristeza entre los sencillos y los poderosos de la tierra. Nunca se es ni suficientemente joven ni demasiado viejo para morir, por eso, siempre ocurre a destiempo. El que muere será una pérdida dolorosa para su madre, para un pueblo, para una nación e incluso para toda la humanidad. Cada persona, sin importar el grado de bondad o maldad, tiene alguien que lo llora, lo extraña y lo recuerda.
En la Iglesia, desde sus orígenes, nada causó tanto sufrimiento como la muerte de Jesús, su fundador. Sus Apóstoles corrieron la misma suerte al morir cruentamente, con excepción de Juan, a quien también le llegó su hora de partir hacia la Casa del Padre. Los mártires, los grandes teólogos, los fundadores han dejado un legado, pero, a fin de cuentas, se nos han marchado, aunque permanecen sus ideas, sus obras y sus discípulos. Transcurren decenios, centurias y milenios y allí le encontramos en el tiempo, en sus tumbas, en los libros, en las bibliotecas. Algunos no corren la misma suerte y desaparecen, sin embargo, otros, con el pasar de los años, parecerían revivir cada vez más.
Facundo Cabral decía: “Hay que desconfiar de los genios, porque a veces se hacen los muertos”. Es imposible pensar que Agustín de Hipona murió. Parecería irrisorio afirmar que Tomás de Aquino no vive y, con ellos dos, una larga lista de seres humanos sencillamente inconmensurables, por su vida, por su pluma o por sus hechos.
En los últimos siglos, cuando la ciencia se hace cada vez más compleja y, contradictoriamente, más especializada y precisa, los conocimientos enciclopédicos parecerían que pasaron de moda, no solo porque ya los libros son digitales, sino porque son una “raza en extinción”, aquellos prohombres sabihondos a quienes le sale la ciencia hasta por los poros, en cualquier ámbito del saber.
En el ocaso del 2022 se apagó una lumbrera de la Iglesia y a pesar de que conocemos parte de su estatura como sacerdote, obispo, cardenal, Papa y teólogo, tendremos que esperar un poquito más, para cuando se concluya la elaboración de su Summa Teologiae y podamos colocar a la altura de San Agustín (siglo IV) y Santo Tomás (siglo XIII) al Doctor Joseph Aloisius Ratzinger o Benedicto XVI (siglo XX). Cuentan los siglos que transcurrieron entre los tres. Honor a un hombre que sobrepasará con creces los 95 años que duró sobre esta tierra. ¡Sencillamente extraordinario!











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