Empiezo con una confesión. Quise escribir un artículo en honor a las personas adultas, inclinadas por el peso de los años; a las personas mayores que no han recibido jamás gestos de gratitud y de amor, a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas que han trabajado sin ser reconocidos y que miran al suelo, en vez del cielo, por el cansancio, las desilusiones y enfermedades, como resultado de su entrega sin horarios. El título me surgió espontáneo: «La espiga torcida». Cuando “guglié” en internet, encontré una reflexión titulada: «La espiga doblada».
El mundo está hecho de simbolismos y ojalá que, tantos que han sembrado sigan estando «doblados» por el peso del trabajo arduo, honesto y fructífero; del afán de construir relaciones familiares, educativas, laborales y de fe fraternas; del ansia de plantar la semilla del Reino, de esparcir la simiente del amor (Mt 13,1-23).
He aquí el escrito o, mejor dicho, esta lección de vida. Elegí una entre las versiones que encontré de este anónimo.
“Enviado al campo para ver si estaba ya a punto para ser segado, el muchacho volvió a su padre y le dijo:
– Me parece que la cosecha será muy pobre, padre mío.
– ¿Por qué? – le preguntó éste.
– Porque he notado que la mayor parte de las espigas están dobladas hacia abajo, como desmayadas, seguramente que no valen nada.
– ¡Mi hijo pequeño!- le dijo su padre.
– Has de saber que las espigas que viste dobladas, lo están por el peso del grano, en tanto que las que están levantadas, rectas hacia el cielo, pueden hacerlo porque están medio vacías. Así en la vida de los hombres. Cuando alguno levanta la frente lleno del mal orgullo, es porque en su interior tiene bien poco peso. El hombre sabio, cuanto más sabe, más siente la humillación de lo que le falta saber. Y el hombre de veras noble de corazón, no puede enorgullecerse de ello, porque conoce cuánto más noble debería ser”.
Leer esta reflexión me dio una satisfacción enorme y me dije: «Escribieron el artículo antes de que se me ocurriera» y, con ello, veo colmada mi intención.
Igualmente, un servidor, inclina la cabeza, ante la persona que ha dado su vida por lo que ama, que ha construido su propio edificio con el trabajo honesto y servicial, que ha sido un hacedor de horas y días al estilo 24/7, pero, al mismo tiempo, que cuando le han llegado sus años, sabe pasar la antorcha, con el honor del deber cumplido: “Cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, digan: somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lc 17,10) y así acompañar a “los retoños”, en la solidaria empresa de ayudarles a no tropezar por los caminos aprendidos y ya recorridos, no desde los libros, sino a partir de la experiencia vivida.
Honor a todo ser humano que, cual espiga dorada – espiga encorvada, ha doblado su espalda y su cabeza, por el peso de sus frutos maduros.











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