En la aurora del cristianismo, todavía los Apóstoles anonadados con lo sucedido el Día de Pentecostés (Hech 2,1-25), la Iglesia salió disparada a la misión que Jesús le había asignado: “Vayan y hagan discípulos a todas las gentes” (Mt. 28,20).
Sin lugar a dudas, que los discípulos se lo tomaron muy en serio, a tal punto que autoridades o tiranos de su tiempo, en vez de mermar el entusiasmo y arruinar la misión, por la feroz persecución, le imprimieron más ímpetu a todos los Apóstoles y a los que se iban uniendo a las comunidades; dentro de los cuales, descuella Saulo, el gran San Pablo, lumbrera del cristianismo de los gentiles.
La vida de la Iglesia se fue construyendo entre persecución, sangre, cárcel, golpes, catacumbas y muerte. De aquí sale la famosa recopilación de documentos de “Las Actas de los Mártires”: una joya a la cual el cristianismo debe volver permanentemente. Dentro de los cristianos valientes de los primeros siglos tenemos obispos, sacerdotes y laicos que ofrecieron su vida, como la de Cristo, para testimoniar la validez y la importancia de la fe. Algunos tuvieron la suerte de escribir y transmitir su fe con su puño, su letra y su sangre; otros, no tuvieron tiempo para testimoniarlo más que con su sangre derramada. La Iglesia del Siglo I es la misma del Siglo XXI. Solo le arropan nuevos desafíos y, sin embargo, siempre fiel a persecución, testimonio y misión.
“Vayan proclamando que el Reino de Dios está cerca” (Mt 10.7), repetía Jesús, a sus Apóstoles. Este es el contenido del anuncio y la misión de los discípulos; ni ellos ni la Iglesia deben predicarse a sí mismos, sino el Reino. Los discípulos llegaron a entender que la subida de Jesús a Jerusalén, significaba que ya el Reino estaba por despuntar (Lc 19,11), pero su concepto de reino, todavía estando a los pies de la “subida” de Jerusalén, era otro muy distinto al que iniciaría Jesús, en la última celebración de la Pascua Judía en la cual participó (Mt 21,1). Ellos, igual que la madre de los hermanos Zebedeos (Mt 20,20-24), creían que Jesús iba camino a la Torre Antonia del Templo de Jerusalén, donde se alojaba el emperador cuando visitaba Jerusalén, no hacia la Cruz. Del costado de Cristo sobre la Cruz, brotó Sangre y Agua, que formaría la Iglesia manifestada en Pentecostés.
Tres siglos más tarde, uno de los Padres de la Iglesia, San Cipriano de Cartago, escribió: “Extra Ecclesiam nulla salus – Fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta frase permeó la eclesiología del Medioevo y cuando Lutero puso en tela de juicio los fundamentos y la doctrina de la Iglesia, con su concepción de una Iglesia sin institución (Sola Scriptura), los teólogos y las autoridades eclesiásticas se aferraron aún más a este axioma, uniéndolo a Mt 16,18: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”.
La postura de Lutero, en vez de generar un diálogo conciliador, endureció aún más la eclesiología católica: el Concilio de Trento y la concepción de la Iglesia Militante del teólogo y Cardenal Roberto Belarmino (1542-1621), durante el postconcilio, fue la base para la convocatoria del Concilio Vaticano I y sus dos Constituciones Dogmáticas fueron aprobadas durante el truncado Concilio Vaticano I: Dei Filius, sobre la Fe Católica y Pastor Aeternus, sobre la Infalibilidad del Papa. Este concilio no se logró terminar por el inicio de la Primera Guerra Mundial (1870).
Los Papas que se sucedieron en la Silla de Pedro, conocían de la necesidad, de una continuidad del concilio y, sin embargo, la empresa era muy cuesta arriba. El Papa Bueno, Juan XXIII, se jugó la faja, se dio cuenta de la necesidad del “aggiornamento – actualización” de la Iglesia; además tuvo la sabiduría y las agallas para iniciarlo, con un esquema de ingreso, que no será el mismo al final, tres años después. Uno de los temas, que entraron, durante las reflexiones, fue precisamente lograr el paso de una Iglesia centrada en sí misma, a una Iglesia al servicio del Reino. Todo el evento conciliar, pero, sobre todo, Lumen Gentium y Gaudium et Spes, son testigo de eso: La Iglesia está al servicio del Reino de Dios y no al contrario; no se identifican y, mucho menos, se comparan. El Papa Francisco está claro de ello y está empujando la Iglesia a comprender esta síntesis evangélica, lo que nos lleva a proponer un nuevo axioma: “Extra Regnum nulla Salus – Fuera del Reino no hay salvación”.











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