En este paisito nuestro tan especial pasan unas cosas tan serias, pero tan serias, que dan ganas de reír.
A cada rato nos salpica un escándalo y entonces nos desgarramos las vestiduras morales por un rato, lo cacareamos como las gallinas que ponen un huevo, y luego cada cual a lo suyo, y aquí no ha sucedido nada ¿Se acuerdan de los líos en el pesado del gas? ¿De las medidas fraudulentas en los combustibles? ¿De la venta de repuestos procedentes de carros robados? ¿De las medicinas falsificadas? ¿De la aguas embotelladas contaminadas? ¿Del constante y descarado robo de metales? Ahora le toca el turno a los apetitosos salamis.
Este tipo de alimentos, hay que reconocerlo, siempre han sido vistos bajo una suspicacia popular que roza entre lo chistoso y exagerado, al relacionarlos casi por tradición con la carne del sufrido y analfabeto burro y la harina de baja calidad.
Pero resulta que traspasado el Siglo XXI, cuando ir a la luna es algo tecnológicamente atrasado, cuando se hacen descubrimientos de la trascendencia del bóson de Higgs, la llamada partícula de Dios que ayudará a explicar el origen del universo, aquí en este patio nuestro nos revelan a través de unos simples análisis químicos que los salamis, en lugar de ser tubos embutidos con carne sabrosa, son cañerías que conducen cosas extrañas en forma de materias fecales, sustancias consideradas cancerígenas y materias primas conteniendo unos bagazos de residuos cárnicos, que cualquier país medianamente civilizado prohibiría por respeto a sus habitantes.
Desde luego, estamos seguros que esto no sucede con las marcas reconocidas en el mercado nacional las cuales conforman una industria seria que trabaja bajo estrictas normas internacionales de seguridad alimentaria, y que han gozado siempre – y no lo van a perder- del aprecio de los consumidores. Pero que sí ocurre con las numerosas marcas ¨ carabelitas ¨ que, en base a una competencia baja de precios más bajos, van dominando una buena parte del mercado nacional, y como siempre, los justos pagan por los pecadores.
Pero seamos sinceros, este asunto de los salamis fantasmas sin control sanitario, sin garantías mínimas de higiene, lo hemos sabido o intuido siempre, lo nuevo es hasta donde llega la gravedad del caso.
Del burro hemos pasado a la bacteria peligrosa y de la harina de relleno a una piltrafa que ni los perros la merecen.
Pero tampoco entendemos por qué nos alarmamos tanto, aquí la palabra higiene apenas existe en el diccionario de la alimentación informal dominicana, que alcanza a diario millones de personas de todas las condiciones sociales.
Basta con ver las fritangas, las carnitas y bofes expuestos al humo de los carros, los sitios de picalongas, de empanadas, los pastelitos callejeros, los puestos de comida a pie de obra, las guaguitas ambulantes donde hacen desayunos, los dulces de maní en los semáforos, el pelado de frutas en los triciclos, los queseros ambulantes, los vergonzosos mercados populares, los mataderos clandestinos …El problema reside en tres factores convergentes: el primero y el mayor, es la legendaria falta de autoridad y que debido a ello se está pasando de una ciudad primada a un conglomerado de arrabales, segundo la ausencia de una educación básica para una población que debe comer lo que sea para subsistir, y tercero la ambición desmedida de algunos que quieren medrar aún a costa de la salud de sus conciudadanos.
Pero todos tranquilos, culpables e inocentes, en unas semanas el tremendo escándalo de hoy será un periódico más de ayer, y quién sabe si hasta los salamis contaminados nos hace más resistentes por aquello de que, en comida, lo que no mata, engorda.
Mientras tanto seguiremos degustando los salamis confiables de costumbre.
Hummm, ¡y lo ricos que saben!










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