En los últimos años, el emprendimiento ha sufrido cambios peligrosos. Pasó de ser un proceso técnico, estratégico y profundamente disciplinado, a convertirse en una recopilación de frases bonitas y promesas famosas atribuidas a gente que nunca las dijo.
Se vende más motivación que métodos probados; más likes que análisis. Y mientras los gurús —hoy llamados “coaches”— exhiben placas de plata obtenidas en YouTube y cuentas verificadas compradas, miles de emprendedores en todo el mundo siguen sin entender las consecuencias de dar por válidos los consejos dados por estos.
Nos guste o no: el emprendimiento cayó en manos de los motivadores, —y eso desde donde lo veo, le está haciendo más mal que bien.
La motivación pasó a ser un negocio. Ya no se siguen los consejos de quien logró, sino de quien habló. Y no tengo problema con motivar; todos necesitamos un empujón emocional de vez en cuando. El problema surge cuando la motivación deja de ser un impulso y se convierte en un producto.
Hoy vemos charlas llenas de gente emocionada, pero salen de allí con planes que nadie ha probado. Son “herramientas” tan perfectas que uno nota de inmediato que no vienen de un ejercicio responsable o de una investigación real, sino de plantillas bonitas y textos generados por IA. Y esos son los “coach” que nos gastamos en esta era.
Muchos influencers han construido un negocio rentable vendiendo esperanza. Frases y más frases. “Sigue tu propósito”, “cree en ti”, “fluye”… y, mientras tanto, el emprendedor sigue sin entender su margen de contribución, su punto de equilibrio, su responsabilidad ante la Dirección General de Impuestos Internos (DGII), ni los retos de la Tesorería de la Seguridad Social (TSS).
Hablar sin hacer
Hay una frase que repito con frecuencia, y siento que cada día cobra más sentido: “quienes no saben de emprendimiento lo están hablando, y quienes sí saben lo están haciendo”. Hoy cualquiera con un aro de luz y un bonito eslogan se siente autorizado para dar consejos. Los que hablan mucho suelen tener poco que mostrar, mientras los que están ocupados ejecutando rara vez tienen tiempo para opinar.
Se está creando un atajo mental donde el discurso motivacional levanta un espejismo: la idea de que emprender depende más de la pasión que de la técnica. Que basta con quererlo mucho y que lo demás “se acomoda”.
Pero no. Emprender no funciona con fe ciega; funciona con buenas prácticas gerenciales, y en eso hay que entrenarse.
Se me antoja contarte algo que estoy investigando a fondo: el ecosistema empresarial está lleno de buenas historias… pero falsas. Son relatos motivacionales que se repiten tanto que la gente termina creyéndolos sin cuestionarlos. Y esa distancia entre el cuento y la práctica es justamente lo que estoy estudiando, porque en ese afán de buscar a alguien que los inspire, muchos están perdiendo lo más valioso: la buena práctica de tener un mentor real, alguien que haya ejecutado, no solo hablado.
No podemos seguir vendiéndole a la gente el camino más corto. Hay que hablarle claro: emprender es un proceso técnico y gradual. No es para héroes emocionales, es para gestores. Para gente que se sienta, planifica, se equivoca, corrige y vuelve a ejecutar.
Que sepas que se puede inspirar sin vender sueño.
Y si realmente queremos un ecosistema emprendedor sólido, hay que empezar por lo básico y hacerlo bien. Para eso necesitamos integrar dos cosas:
1. Educación real, no emocional: la gente necesita aprender a costear, formalizar, registrar, calcular, medir y reinvertir.
2. Pensamiento crítico: El emprendedor necesita cuestionar.
¿Esto funciona? ¿Puedo sostenerlo? ¿Dónde están los riesgos? ¿Quién me valida los datos?
Para cerrar
El emprendimiento necesita menos “tú puedes” y más “así es que se hace”.
Mi propuesta es simple: devolverle rigor al emprendimiento.
Que la pasión esté ahí, pero que la disciplina vuelva a ocupar el primer lugar.











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