Cada hecho trágico suele tener un origen que pocas veces queremos mirar de frente. No nace de la nada ni aparece por casualidad. Se forma con el tiempo, en los silencios, en las ausencias y, muchas veces, en la manera en que se cría a un niño.
La familia es el primer espacio donde se aprende a convivir, a respetar límites y a reconocer lo que está bien y lo que está mal. Cuando esa orientación falla, el niño crece haciendo lo que puede, con las herramientas que tiene, aun cuando eso lo empuje por caminos equivocados. A veces hay quien intenta corregir, pero llega tarde, cuando la inocencia ya ha sido herida y las decisiones erradas comienzan a pesar.
Como sociedad, reaccionamos con asombro y rabia cuando conocemos un crimen. Nos preguntamos cómo ocurrió, qué llevó a alguien a cometerlo y si merece perdón. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a mirar más atrás: quién es ese agresor, cómo fue su infancia, quién estuvo presente y quién no.
Tal vez el verdadero cambio empiece cuando dejemos de mirar solo las consecuencias y comencemos a revisar las causas. Cuando entendamos que educar no es delegar, que ser padre o madre no es solo proveer, sino acompañar, corregir a tiempo y asumir responsabilidades. Ni el exceso de permisividad ni la ausencia forman ciudadanos sanos.
Hace poco se conoció el caso de una madre que decidió entregar a su hijo de 13 años, involucrado en un robo a un colmado del sector Los Jardines, donde fueron sustraídos 12 mil pesos y se causaron daños a la propiedad. Su decisión fue dura, pero consciente. No lo hizo para castigarlo, sino para salvarlo; para enseñarle que la violencia y el delito tienen consecuencias y que aún es posible corregir el rumbo.
Como madre, profesional y ciudadana, no puedo evitar preguntarme si estamos dispuestos a asumir de verdad nuestro rol en la formación de los hijos, antes de que sea demasiado tarde. Tal vez ahí comience el cambio que tanto reclamamos.











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