En la República Dominicana se desarrolla una creciente ola de promoción del emprendurismo. El propósito es noble y necesario: orientar a la juventud para que, al concluir sus estudios universitarios, no dependa exclusivamente de la búsqueda de un empleo formal, sino que también contemple la posibilidad real de crear su propia actividad productiva.
Las universidades han comenzado a incorporar el emprendurismo como asignatura formal, otorgándole un rango académico que antes no tenía. La intención es clara: ofrecer a los estudiantes dos caminos complementarios. El primero, ejercer la carrera para la cual se han formado; el segundo, utilizar los conocimientos adquiridos, las experiencias compartidas en el aula y los casos de éxito estudiados para emprender un proyecto propio. En un mercado laboral cada vez más competitivo, contar con ambas opciones ya no es un lujo, sino una necesidad.
Sin embargo, este impulso debe analizarse a la luz de una realidad preocupante: el creciente número de jóvenes que no estudian ni trabajan, conocidos popularmente como “ninis”. En la República Dominicana se estima que alrededor de 500,000 jóvenes se encuentran en esta situación, muchos de ellos con algún nivel de preparación académica, pero sin oportunidades reales de inserción laboral.
La etiqueta “nini” puede resultar peyorativa, pero el fenómeno que describe es profundamente social y estructural. No se trata únicamente de falta de voluntad individual; intervienen factores económicos, familiares, educativos y territoriales. Por ello, el abordaje no puede limitarse a la crítica, sino que requiere políticas públicas integrales y sostenidas.
El Estado, las universidades y las instituciones técnicas como el Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional (Infotep) y el Instituto Tecnológico de las Américas (ITLA) deben asumir un rol más activo y coordinado. La capacitación en habilidades técnicas, digitales y empresariales puede convertirse en una herramienta eficaz para transformar la inactividad en productividad.
Un sector que merece especial atención es la juventud rural. Si el impulso emprendedor se orienta hacia la formación en técnicas modernas de agricultura, producción pecuaria y agroindustria, el impacto podría ser trascendental. El campo dominicano tiene potencial para multiplicar su producción y fortalecer la seguridad alimentaria nacional. No se trata solo de cultivar la tierra, sino de gestionar proyectos agrícolas con visión empresarial, acceso a tecnología y conexión a mercados.
El pensamiento clásico ya reconocía el valor de la producción y el trabajo. El orador romano Cicerón afirmaba que “la agricultura es la profesión propia del sabio, la más adecuada a la persona sencilla y la ocupación más digna para todo hombre libre”. Más allá del tiempo histórico, el mensaje conserva vigencia: el trabajo productivo dignifica y construye estabilidad social.
Desde la expansión del Internet en la década de 1990, el paradigma educativo ha cambiado radicalmente. Hoy el conocimiento cabe en la palma de la mano. El teléfono móvil es reloj, cámara, linterna, cuaderno, periódico, radio y televisión. Pero, sobre todo, es una puerta abierta al aprendizaje y a los negocios digitales. Nunca antes había sido tan accesible iniciar un proyecto con baja inversión inicial y alcance global.
San Francisco de Macorís no está al margen de esta realidad. Nuestra juventud necesita más que discursos motivacionales: requiere acompañamiento técnico, financiamiento accesible y un entorno institucional que premie la iniciativa. El emprendurismo no debe verse como sustituto del empleo formal, sino como complemento y alternativa legítima en una economía dinámica.
Ponemos como ejemplo el caso de César Alejandro Taveras Campos, quien recibió el 31 de enero el Premio Nacional de la Juventud en el renglón Desarrollo Rural. Su fértil labor fue tomada en cuenta por el jurado del Ministerio de la Juventud para presentarlo como un modelo juvenil a seguir.
La verdadera meta no es reducir estadísticas de “ninis”, sino transformar talento ocioso en energía productiva. El desafío está planteado. La pregunta es si estaremos dispuestos, como sociedad, a convertir la promoción del emprendedurismo en una política estructural y no en una simple moda académica.











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