¿Cuántas ideas has tenido que nunca pasaron de tu cabeza? ¿Cuántas veces has pensado en hacer algo y lo has dejado para después? ¿Y cuántas de esas veces ese “después” nunca llegó?
Con mucha frecuencia las ideas suelen llegar sin que las invitemos. Casi siempre llegan sin que estemos del todo listos para ejecutarlas. Aparecen en medio de una conversación, en un momento de reposo o mientras se hace cualquier cosa cotidiana. Ese instante es valioso, pero no garantiza nada por sí solo. Es únicamente una chispa que puede apagarse si no se le da calor.
Después de la idea viene una decisión: qué hacer con ella.
Es razonable no actuar de inmediato. Pensar, revisar y organizar forma parte de cualquier iniciativa seria. Nadie construye algo sólido desde la improvisación constante. Pero también hay un punto en el que ese proceso deja de ser preparación y se convierte en retraso, aunque no sea evidente.
Muchas veces se posterga con argumentos que suenan lógicos: “todavía no está listo”, “hay que pulirlo un poco más”, “déjame pensarlo mejor”. Y mientras se sigue pensando, el tiempo avanza y la idea sigue en el mismo lugar: en la cabeza, en alguna nota de papel, del teléfono o un documento en tu computadora.
En más de una ocasión ocurre que, sin haber contado la idea, sin haberla compartido, aparece alguien ejecutando algo muy parecido. Quizás no con el mismo nivel de detalle o con la misma intención, pero lo está haciendo. Y entonces se produce una situación difícil de explicar: quien tuvo la idea primero termina pareciendo el que llegó ha copiado.
En el terreno de la ejecución, lo que no se muestra no cuenta.
Piensa en esto, ¿se está trabajando la idea o se está evitando el paso siguiente?
No se trata de actuar sin pensar, pero tampoco de pensar hasta quedarse inmóvil. Toda iniciativa requiere un punto de arranque, aun cuando no todo esté resuelto. La claridad completa casi nunca aparece antes de empezar; suele lograrse en el proceso.
Mientras tanto, las ideas siguen circulando. Cambian de manos, se transforman y encuentran espacio en quien decide ejecutarlas. Por eso, más que esperar el momento ideal, conviene reconocer cuándo ya se ha pensado lo suficiente.
La musa inspira, pero no espera. Y entre pensar demasiado y no hacer nada, hay proyectos que se pierden sin siquiera haber comenzado, negándole al mundo el privilegio de conocer ese gran proyecto que llegó a ti con tan solo una idea.











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