El llamado a huelga convocado para este 27 de abril vuelve a colocar sobre la mesa un tema tan sensible como necesario en toda sociedad democrática: el ejercicio del derecho a la protesta frente a la preservación del orden público.
Es innegable que los paros de labores y las huelgas han sido, históricamente, herramientas legítimas de lucha social. A través de ellas, distintos sectores han logrado reivindicaciones importantes en beneficio colectivo, denunciando desigualdades, exigiendo mejores condiciones de vida y reclamando la atención de las autoridades ante problemáticas que afectan a la ciudadanía. En ese sentido, nadie puede cuestionar la legitimidad de una protesta cuando su causa es justa y su finalidad es el bienestar común.
Sin embargo, es igualmente cierto que ese derecho no es absoluto. La línea que separa la protesta legítima del desorden social es fina, pero claramente identificable: el respeto al orden público. Cuando una manifestación se desarrolla de manera pacífica, organizada y respetando los derechos de los demás, se fortalece la democracia. Pero cuando se transforma en violencia, caos y destrucción, pierde su esencia y su legitimidad.
La experiencia nos ha demostrado que, en ocasiones, estos llamados a huelga terminan derivando en actos que nada tienen que ver con las reivindicaciones sociales que les dieron origen. Quema de neumáticos, destrucción de propiedades, interrupción total de servicios esenciales y agresiones a ciudadanos son prácticas que no solo afectan a terceros inocentes, sino que también desacreditan la causa que se pretende defender.
Es ahí donde debemos ser claros y firmes: una causa justa no justifica medios injustos. Cuando se altera el orden público, el llamado a huelga deja de ser un instrumento de lucha social para convertirse en un acto vandálico que atenta contra la convivencia pacífica.
La ciudadanía merece ser escuchada, pero también merece seguridad, respeto y estabilidad. El verdadero desafío está en lograr que las demandas sociales se canalicen de manera efectiva sin recurrir a la violencia. Corresponde tanto a los convocantes como a las autoridades garantizar que el ejercicio de este derecho no se convierta en un perjuicio para la colectividad.
Este 27 de abril debe ser una oportunidad para demostrar que es posible protestar con firmeza, pero con civismo; con determinación, pero sin violencia. Solo así se podrá avanzar hacia una sociedad más justa, sin sacrificar el orden ni la paz que todos necesitamos.











Discussion about this post