En una sociedad donde escuchamos de forma frecuente decir que somos inclusivos con las personas con discapacidad, es momento de hacer una pausa y reflexionar si estamos realizando una inclusión real, si solo estamos respetando el concepto, o qué es lo que verdaderamente estamos haciendo.
Muchos dicen estar de acuerdo con la inclusión: participan en formaciones, asisten a actividades, defienden derechos y son los primeros en comentar a favor en las redes sociales. Todo esto ocurre desde la pantalla de un celular; sí, claro, porque desde ahí es fácil opinar. Pero ¿realmente lo estamos aplicando en el día a día?
Como padres, podemos decir que apoyamos la inclusión, pero cuando colocan en el aula de clases a un niño con alguna discapacidad, nos molesta. Nos molesta porque creemos que va a retrasar el aprendizaje de nuestro hijo, o porque nos expone a preguntas que no nos sentimos cómodos en responder. Nos molesta porque entendemos que a él «se la ponen fácil» mientras que al nuestro le exigen más, y tememos que replique sus conductas. Nos molesta, en fin, porque entendemos que ese niño debería estar en un aula especial, lejos de nuestro hijo.
Como docentes, decimos que apoyamos la inclusión, pero a menudo nos referimos al alumno ante los colegas por su condición o etiqueta, en lugar de llamarlo por su nombre. Cuando tocan a nuestra puerta, entendemos que debería estar en un aula específica con personal calificado; e incluso, estando allí, llegamos a pensar que algunos deberían quedarse en sus casas para cederle el cupo a otro con más posibilidades de avanzar.
Nos declaramos inclusivos, pero nos molesta cuando lo asignan a nuestro salón. Nos molesta porque implica hacer adaptaciones curriculares, porque sentimos que no estudiamos para esto o porque la sobrepoblación ya nos desborda. Nos molesta, simplemente, porque rompe nuestra planificación o porque el alumno no puede permanecer todo el tiempo sentado.
Como ciudadanos, nos declaramos a favor, pero cuando un niño tiene una crisis conductual en un espacio público, lo primero que pensamos es: “si fuera mi hijo, no me haría eso”. Somos los primeros en juzgar con la mirada, ignorando la impotencia del padre que lidia con la situación. Nos molesta cuando un niño emite sonidos o se balancea fuera de lo que consideramos normal.
No podemos colgarnos la medalla de la inclusión solo por participar en una caminata, llevar una camiseta con un mensaje alusivo o dar un me gusta en las redes sociales. Está muy bien hacer todo eso, pero no es suficiente.
La inclusión comienza con un cambio de mentalidad y con la transformación de nuestras acciones cotidianas. Empieza al predicar con el ejemplo; al aceptar que todos tienen derecho a la educación; al enseñar a nuestros hijos a integrar a los demás y al recordar que cada persona tiene un nombre, evitando las etiquetas. Comienza al dejar de ser jueces ante la crisis de un niño, al evitar las críticas destructivas en los grupos de WhatsApp y al recordar, fundamentalmente, que todos somos seres humanos.
Si te molesta algo de esta reflexión o te sientes representado en ella, es porque en la vida real no estás siendo inclusivo. Respetas la inclusión como concepto, pero no cuando toca a tu puerta. Es una señal clara de que debemos seguir trabajando.
Y tú como padre, ¿qué estás haciendo en casa o en la calle para que tu hijo viva una verdadera inclusión desde el hogar?










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