Muchas mujeres llegan a la adultez creyendo que el problema está en “mala suerte en el amor”, sin darse cuenta de que, muchas veces, lo que eligen en sus relaciones nace de heridas emocionales mucho más antiguas.
La infancia no solo construye recuerdos, también construye la manera en que aprendemos a amar, a sentirnos valiosas y a relacionarnos con los demás.
Una niña que creció sintiéndose poco vista puede convertirse en una mujer que busca constantemente aprobación.
Una niña que aprendió que debía esforzarse para recibir amor, puede terminar aceptando relaciones donde tiene que dar demasiado para sentirse elegida.
Y así, sin notarlo, muchas mujeres terminan confundiendo amor con sacrificio, apego o necesidad emocional.
Las heridas de abandono, rechazo o desvalorización no desaparecen con el tiempo; muchas veces se esconden detrás de relaciones donde se tolera el dolor por miedo a quedarse sola.
Por eso sanar no es solo olvidar el pasado.
Es entender cómo aquello que vivimos sigue influyendo en lo que hoy permitimos, buscamos o repetimos.
Y aunque no podemos cambiar nuestra historia, sí podemos aprender a relacionarnos desde un lugar más sano, consciente y amoroso con nosotras mismas.
Porque una mujer que sana sus heridas deja de mendigar amor y empieza a elegirse.
Volver a ti siempre será el inicio de todo.











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