Hay mujeres que un día dejan de buscar el amor. No porque hayan descubierto que desean vivir solas, sino porque el miedo a volver a sufrir termina siendo más fuerte que la esperanza de volver a amar.
Algunas encuentran en la fe un camino de paz, crecimiento y sentido. Y eso es profundamente valioso. Pero otras, sin darse cuenta, utilizan la religión como un refugio para esconder heridas que nunca fueron sanadas.
Por fuera parecen tranquilas. Dicen que ya no necesitan a nadie, que renunciaron al amor o que “Dios es suficiente”. Sin embargo, cuando logran hablar desde el corazón, muchas reconocen que todavía sienten soledad, necesidad de compañía y el deseo de compartir la vida con alguien.
La espiritualidad no fue creada para negar nuestras emociones, sino para ayudarnos a vivirlas con verdad. La fe no nos pide dejar de ser humanos, ni apagar el deseo de amar y ser amados.
No hay nada de malo en elegir la soltería cuando nace de la libertad. Lo preocupante es cuando esa elección nace del miedo, del desencanto o de la resignación.
Pregúntate con honestidad: ¿he encontrado paz… o simplemente dejé de creer que merezco volver a amar?
Porque sanar no consiste en esconder las heridas detrás de una apariencia de fortaleza o de una práctica religiosa. Sanar es mirarlas con valentía, permitir que cicatricen y abrir nuevamente el corazón a todas las posibilidades que la vida aún puede ofrecer.
La fe y el amor no son enemigos. Cuando ambos nacen de un corazón sano, pueden caminar de la mano.











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