La educación dominicana lleva años reclamando estudiantes críticos, ciudadanos responsables, capacidad de argumentación, discernimiento ético y autonomía intelectual. El discurso curricular insiste, acertadamente, en competencias que permitan comprender la realidad, convivir democráticamente y responder a los desafíos de una sociedad cada vez más compleja. La pregunta inevitable es si la escuela dispone realmente de los espacios necesarios para formar esas capacidades con la profundidad que reclama.
La cuestión adquiere mayor urgencia en el presente. Nos preocupa la desinformación, la posverdad, la influencia de las redes sociales y el poder creciente de los algoritmos. La inteligencia artificial puede responder preguntas, resumir libros, construir argumentos, producir imágenes y elaborar trabajos académicos en segundos. Frente a esa realidad, la escuela ya no puede conformarse con enseñar a encontrar información; necesita formar el criterio para examinarla.
Cuanto más capaces sean las máquinas de responder, más urgente será formar seres humanos capaces de preguntar. Es justamente aquí donde una ausencia curricular merece ser revisada: la Filosofía.
La Filosofía tuvo presencia histórica en el bachillerato dominicano, pero las transformaciones curriculares iniciadas en la década de 1990 modificaron aquella estructura y la Filosofía dejó de constituir una asignatura común. Conviene precisar que no desapareció por completo del currículo: actualmente aparece Filosofía social y pensamiento dominicano dentro de una salida optativa de Humanidades y Ciencias Sociales. El problema es precisamente ese: el encuentro sistemático con la Filosofía dejó de formar parte de la experiencia educativa de la mayoría de nuestros adolescentes.
No sostengo que solo la Filosofía enseñe a pensar: las Matemáticas desarrollan el razonamiento, las Ciencias Naturales enseñan a contrastar evidencias, la Lengua Española fortalece la argumentación, las Ciencias Sociales permiten interpretar los procesos humanos, y la Formación Integral Humana y Religiosa aborda la dignidad, la conciencia y el sentido. Pero una cosa es pensar desde una disciplina y otra convertir el pensamiento mismo en objeto de reflexión.
Ciertamente, la transversalidad es necesaria, pero corre el riesgo de diluirse cuando no encuentra también espacios específicos de profundización. Decir que todas las áreas deben desarrollar pensamiento crítico es correcto, pero queda pendiente saber dónde aprende sistemáticamente un estudiante a reconocer una falacia, construir un argumento, discutir qué entendemos por justicia, examinar los límites del conocimiento, confrontar distintas concepciones de libertad o preguntarse racionalmente qué significa vivir bien.
Si el país procura un currículo actualizado, ciudadanos responsables y competencias para responder a las transformaciones contemporáneas, la revisión curricular constituye una oportunidad para plantearnos seriamente qué lugar merece la Filosofía en la formación del ciudadano dominicano del siglo XXI.
Ahora bien, el retorno de la Filosofía a la escuela no puede significar simplemente recuperar una asignatura basada en memorizar autores, fechas, escuelas y definiciones. Una Filosofía así tendría pocas posibilidades de recuperar su lugar en la escuela. Necesitamos una Filosofía que converse con Sócrates, Platón, Aristóteles, Kant, Nietzsche, Arendt y nuestros pensadores dominicanos, pero que dialogue también con las preguntas del adolescente contemporáneo: inteligencia artificial, verdad y posverdad, libertad, identidad, felicidad, justicia, democracia, proyecto de vida, muerte y sentido de la existencia.
No necesitamos que la Filosofía vuelva solamente para enseñar lo que pensaron los filósofos; necesitamos que vuelva para que, dialogando con ellos, nuestros jóvenes aprendan a pensar su propio tiempo.
Su retorno exige, además, una condición fundamental: docentes debidamente formados. Devolver la asignatura sin fortalecer la formación universitaria en Filosofía y sin contar con profesores especializados sería recuperar el nombre y perder nuevamente su sentido. No se trata de crear empleos para filósofos, se trata del derecho de los estudiantes a recibir una enseñanza rigurosa de profesionales preparados para ofrecerla. Al mismo tiempo, esta decisión contribuiría a fortalecer la formación filosófica en nuestras universidades, generando un círculo virtuoso entre universidad, escuela y sociedad.
Conviene, no obstante, evitar cualquier idealización. La Filosofía no resolverá mágicamente los problemas de nuestra educación, no elevará por sí sola los resultados académicos ni convertirá automáticamente a nuestros estudiantes en ciudadanos ejemplares. Su aporte es más modesto y, al mismo tiempo, más radical: crear un espacio donde preguntar tenga valor, donde una afirmación necesite razones, donde disentir no convierta al otro en enemigo y donde cambiar de opinión ante un argumento mejor sea signo de inteligencia y no de debilidad.
Precisamente ahora, cuando la República Dominicana vuelve a pensar el rumbo de su educación, resulta oportuno preguntarnos si innovar consiste únicamente en incorporar lo nuevo. Transformar también exige revisar críticamente aquello que dejamos atrás y reconocer lo que todavía puede ayudarnos a responder a los desafíos del presente. Desde esa perspectiva, considero que la Filosofía debe recuperar un lugar en la escuela, no por nostalgia ni para aumentar la carga curricular, sino para ofrecer a nuestros jóvenes un espacio donde detenerse, preguntar, argumentar, pensar y ser auténticamente humanos.
Durante años hemos discutido qué conocimientos necesitarán nuestros jóvenes para enfrentar el futuro. Ahora debemos formular una pregunta todavía más importante: ¿qué clase de personas queremos que lleguen a ese futuro? Devolver la Filosofía a la escuela dominicana no sería regresar al pasado, sino preparar a nuestros jóvenes para un mundo donde las máquinas serán cada vez más capaces de responder, pero donde seguirá correspondiendo a los seres humanos formular las preguntas fundamentales, decidir cómo queremos vivir y discernir qué humanidad queremos construir.
La Filosofía no existe para formar filósofos; existe para que una sociedad nunca renuncie a pensar.











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