Por Marlyn Fabián Paulino Neuropsicóloga Educativa
Hay canciones que nos hacen sonreír, otras que nos llevan de inmediato a un recuerdo y algunas que consiguen que una emoción que parecía olvidada vuelva a sentirse con intensidad. La música tiene esa particular capacidad de conectarnos con nuestras experiencias, pero su influencia va mucho más allá de despertar emociones.
Cuando un niño escucha música, su cerebro no permanece pasivo. Percibe sonidos, identifica patrones, anticipa lo que viene y relaciona lo que escucha con experiencias previas. En ese proceso participan diferentes redes cerebrales relacionadas con la percepción auditiva, el movimiento, la atención, la memoria, las emociones y el aprendizaje.
La música es, de hecho, una experiencia compleja para el cerebro. Como señalan Vuust y colaboradores en una revisión publicada en Nature Reviews Neuroscience, la percepción musical involucra mecanismos relacionados con la acción, la emoción y el aprendizaje, y aprender a tocar música puede modificar tanto la estructura como el funcionamiento cerebral.
Las melodías también habla al cerebro
Una de las razones por las que la música tiene tanta fuerza es su estrecha relación con las emociones. Una melodía puede generar alegría, tranquilidad, nostalgia, tensión o entusiasmo incluso antes de que podamos explicar verbalmente qué estamos sintiendo.
La investigación neurocientífica ha encontrado que la música emocional puede involucrar estructuras relacionadas con el procesamiento afectivo y los sistemas de recompensa: el neurocientífico Stefan Koelsch ha descrito la participación de la amígdala, la corteza orbitofrontal y circuitos relacionados con la recompensa en las respuestas emocionales provocadas por la música.
Esto resulta especialmente interesante en el contexto educativo: un niño que se siente seguro, motivado y emocionalmente conectado con una experiencia de aprendizaje tiene condiciones muy distintas para aprender que uno que está bajo estrés, desmotivado o desconectado de la actividad.
Escuchar música no es lo mismo que hacer música
Existe una diferencia importante entre escuchar una canción y aprender a tocar un instrumento: escuchar implica una experiencia perceptiva compleja, pero tocar exige que el cerebro coordine simultáneamente múltiples procesos —anticipar, recordar, controlar los movimientos, corregir errores y sostener la atención.
Un niño que aprende piano, guitarra, violín, percusión u otro instrumento no solamente está aprendiendo una habilidad artística. Está enfrentándose a una actividad que exige coordinación entre percepción auditiva y acción motora, mientras mantiene información activa en la memoria y regula constantemente su conducta.
Tocar un instrumento y entrenar las funciones ejecutivas
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes desde la neuroeducación: las funciones ejecutivas —el control inhibitorio, la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva— son procesos cognitivos que permiten dirigir la conducta hacia objetivos, y aprender un instrumento puede convertirse en un entrenamiento natural para estas capacidades.
Cuando un niño toca una pieza musical necesita recordar una secuencia, inhibir respuestas incorrectas, adaptarse a cambios de ritmo y corregir sus propios errores. Todo esto requiere control y planificación.
La evidencia científica reciente respalda esta relación. Varios estudios publicados en 2025 —entre ellos un metaanálisis con más de 3,500 niños de 3 a 12 años y una revisión enfocada en edad preescolar— han encontrado mejoras significativas en control inhibitorio, memoria de trabajo y flexibilidad cognitiva asociadas al entrenamiento musical.
«La práctica musical también introduce un elemento fundamental: la repetición con propósito.»
Cuando un niño practica una pieza, no simplemente repite movimientos: escucha, compara, detecta errores, modifica su ejecución y vuelve a intentarlo, un proceso de aprendizaje progresivo que adapta los circuitos neuronales involucrados.
Por eso, sería más preciso hablar de plasticidad cerebral que simplemente de «crear nuevas conexiones neuronales». El cerebro cambia con la experiencia, fortaleciendo y reorganizando redes que participan en las habilidades que se están desarrollando.
Una melodía puede ser también una experiencia de aprendizaje
Durante mucho tiempo, la música fue considerada principalmente una manifestación artística y cultural. Hoy sabemos que también es una experiencia profundamente relacionada con la cognición.
En una época en la que la educación busca desarrollar no solo conocimientos, sino también habilidades cognitivas, emocionales y sociales, la música puede ocupar un lugar mucho más importante.
Porque cuando un niño toca un instrumento, no está simplemente produciendo sonidos. Está escuchando, anticipando, recordando, coordinando, regulando, corrigiendo y aprendiendo. Y, mientras lo hace, su cerebro también está aprendiendo a aprender.
Vuust, P., Heggli, O. A., Friston, K. J., & Kringelbach, M. L. (2022). Music in the brain.
Koelsch, S. (2014). Brain correlates of music-evoked emotions.
Rodríguez-Gómez, D. A., & Talero-Gutiérrez, C. (2022). Effects of music training in executive function performance in children: A systematic review.
Lu, Y., Shi, L., & Musib, A. F. (2025). Effects of music training on executive functions in preschool children aged 3–6 years: Systematic review and meta-analysis.
Jamey, K., Foster, N. E. V., Hyde, K. L., & Dalla Bella, S. (2024). Does music training improve inhibition control in children? A systematic review and meta-analysis.
Cai, Y., Kang, D., & Xu, X. (2025). Boosting executive function in children aged 3–12 through musical training: A three-level meta-analysis.











Discussion about this post