Pedro Francisco Bonó ocupa un lugar excepcional en la historia intelectual dominicana. Su nombre está asociado no solamente a la literatura, sino también al pensamiento social, a la observación de la realidad nacional y a una preocupación permanente por comprender al pueblo dominicano. En ese amplio horizonte de su obra, El Montero constituye una pieza fundamental y puede ser considerada uno de los puntos de partida de la etapa propiamente dominicana de nuestra narrativa.
Publicada en París en 1856, como folletín en El Correo de Ultramar, El Montero apareció en doce entregas correspondientes a sus doce capítulos. La Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña la registra como «novela de costumbres» y la incluye entre las obras de la literatura dominicana.
Su importancia no reside únicamente en la historia de Manuel, María y Juan. Detrás de esa trama de amor, celos, violencia y tragedia se encuentra algo de mucho mayor alcance: el descubrimiento literario del dominicano rural como protagonista de una obra narrativa.
Bonó dirige su mirada hacia el campo. Describe el monte, los bohíos, los caminos, los animales, la cacería, el trabajo, las comidas, las fiestas, la música, el baile, las relaciones familiares y las formas de convivencia. De esta manera, la novela se convierte simultáneamente en literatura, documento histórico y testimonio de una cultura.
Ese es, quizás, su mayor mérito.
Antes de Bonó, la realidad dominicana había sido narrada y descrita desde diferentes perspectivas; pero en El Montero encontramos una voluntad particularmente definida de hacer de la vida dominicana materia literaria. El campesino deja de ser una figura secundaria y pasa a ocupar el centro de la narración.
Y Bonó no lo idealiza completamente.
Presenta sus virtudes, pero también sus conflictos. El honor, los celos, el amor, la violencia y la venganza forman parte del universo moral de los personajes. Juan, incapaz de aceptar el rechazo de María, convierte su pasión en resentimiento y termina provocando la tragedia. Manuel representa el amor y la familia; María, además de ser centro afectivo de la historia, encarna la voluntad y la dignidad de una mujer que elige libremente su destino.
Especial importancia tiene el contraste entre el comportamiento de los hombres y la fidelidad de Manzanilla, el perro de Manuel. El animal conduce a los familiares hasta su amo herido y se convierte, paradójicamente, en uno de los personajes moralmente más nobles de la obra.
Pero El Montero vale todavía más cuando se lee como documento social.
Bonó observa una sociedad en formación. Su novela permite acercarnos a una República Dominicana todavía rural, pobre en recursos materiales, pero rica en formas propias de convivencia, lenguaje, música, trabajo y solidaridad. Por eso cada descripción adquiere un valor que supera la ficción.
El escritor consigue así algo que los historiadores no siempre pueden alcanzar: hacer que una época sea visible y sensible para el lector.
Podemos imaginar el bohío, escuchar el fandango, contemplar al montero internándose en el bosque, sentir la tensión de una disputa y comprender la importancia que tenían la familia, el honor y la comunidad.
Ahí está la grandeza de Bonó.
No escribió solamente sobre dominicanos: escribió desde la realidad dominicana.
Y esa diferencia es fundamental.
El Montero no posee la perfección técnica de las grandes novelas que aparecerían posteriormente en Hispanoamérica. Su lenguaje y su estructura muestran todavía las características de una narrativa en sus comienzos. Pero exigirle a Bonó la madurez literaria de etapas posteriores sería desconocer precisamente su importancia histórica.
Las obras fundacionales no siempre son las más perfectas desde el punto de vista artístico. Su grandeza puede estar en haber abierto un camino.
Y El Montero abrió uno.
Pedro Francisco Bonó comprendió tempranamente que la literatura dominicana necesitaba mirar hacia sí misma: hacia sus hombres, sus mujeres, sus campos, sus costumbres, sus problemas y sus valores. En ese sentido, su novela participa de la construcción de una conciencia nacional que no podía limitarse a acontecimientos políticos, sino que debía incorporar también la vida cotidiana del pueblo.
Por eso considero que El Montero debe ser valorado como una obra fundacional de nuestra literatura narrativa.
Su importancia no termina en 1856. Cada nueva generación puede encontrar en ella una pregunta diferente: ¿de dónde venimos?, ¿cómo vivían nuestros antepasados?, ¿qué valores heredamos?, ¿qué hemos cambiado?, ¿qué permanece todavía en nuestra sociedad?
Esa capacidad de provocar preguntas es una de las señales de una obra verdaderamente viva.
Bonó fue, por tanto, mucho más que un novelista. Fue un observador de la sociedad, un pensador y un intérprete de la realidad dominicana. Y El Montero fue su primera gran ventana literaria hacia esa realidad.
Leer hoy a Bonó es regresar a una República Dominicana que ya no existe, pero cuyas raíces todavía podemos reconocer.
Y esa es la razón por la cual El Montero, más de un siglo y medio después de su publicación, continúa mereciendo un lugar destacado en la memoria literaria y cultural de la República Dominicana.











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