Terminados los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, llegará inevitablemente la pregunta: ¿valió la pena semejante inversión?
Mi respuesta es sí.
Y para defenderla propongo algo todavía más exigente: saquemos del cálculo las instalaciones deportivas que fueron remodeladas y que permanecerán como patrimonio del país.
El presupuesto original de organización fue de US$185 millones, aunque el Comité Organizador aseguró que terminaría ejecutando una cifra menor.
¿Qué recibimos a cambio?
Santo Domingo 2026 reportó un alcance digital potencial superior a 1,039 millones de personas, más de 9 millones de interacciones y un valor publicitario equivalente estimado en US$120.4 millones.
Esto último no significa que entraron US$120 millones a las cuentas del Estado. Pero sí nos ayuda a dimensionar cuánto vale conseguir semejante exposición.
Y hubo un retorno mucho más difícil de comprar.
Durante dos semanas vimos a un país históricamente enamorado del béisbol llenar instalaciones y seguir disciplinas que rara vez ocupan las primeras páginas.
Atletismo, voleibol, baloncesto, boxeo, balonmano, sóftbol y deportes de combate encontraron público. Conocimos atletas, aprendimos reglas y celebramos medallas.
República Dominicana se proyectó además como potencia deportiva regional y demostró capacidad para organizar exitosamente un evento de más de 6,000 atletas y 37 países y territorios.
Eso también construye marca país.
Ahora comienza la segunda parte del retorno.
Antes de los Juegos se proyectaban miles de participantes utilizando hoteles del Gran Santo Domingo durante aproximadamente dos semanas. A eso debemos agregar familiares, dirigentes, prensa y visitantes consumiendo transporte, gastronomía, entretenimiento y comercio.
Todavía necesitamos los números finales para cuantificar ese impacto.
Pero hay una oportunidad mucho mayor.
Más de mil millones de impactos colocaron de alguna manera a República Dominicana frente a una audiencia gigantesca.
El deporte hizo su trabajo. Ahora le toca al turismo.
Le corresponde al Ministerio de Turismo y al sector privado transformar esa exposición en intención de viaje; y esa intención en boletos aéreos, habitaciones ocupadas, restaurantes llenos y consumo.
Ahí puede completarse el retorno mucho más rápido de lo que pensamos.
Por eso debemos abandonar la idea de que financiar grandes eventos deportivos es simplemente gastar dinero.
Cuando están bien organizados, generan audiencia, actividad económica, posicionamiento, turismo y oportunidades comerciales. Ejemplos exitosos sobran alrededor del mundo.
Santo Domingo 2026 nos acaba de dar uno propio.
Y recuerden algo: para llegar a esta conclusión ni siquiera contamos las instalaciones que quedaron.
Sí, valieron la pena. Ahora nos toca capitalizarlos.











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