La cultura dominicana no nació de una sola raíz. Es el resultado de un largo proceso histórico en el que se encontraron, chocaron, se transformaron y finalmente se mezclaron las culturas indígena, africana y española, dentro del particular espacio geográfico y espiritual del Caribe.
Por eso, cuando intentamos aproximarnos a la esencia de nuestra identidad nacional a través de la literatura, no basta con escoger una obra aislada. Necesitamos un conjunto de textos capaces de mostrarnos las distintas etapas y dimensiones de ese proceso.
A mi juicio, seis obras adquieren una importancia excepcional para esa lectura: Anacaona, de Salomé Ureña; Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván; El Montero, de Pedro Francisco Bonó; Cosas añejas, de César Nicolás Penson; Over, de Ramón Marrero Aristy; y El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo.
No afirmo que sean las únicas obras fundamentales de nuestra literatura. Sería injusto desconocer la extraordinaria producción de otros autores dominicanos. Lo que sostengo es que, reunidas, estas seis obras permiten construir una especie de recorrido literario por algunas de las raíces más profundas de nuestra dominicanidad.
Anacaona nos conduce hacia la raíz indígena. Salomé Ureña rescata, mediante la creación literaria, la figura de la cacica taína y con ella una parte fundamental de la memoria anterior a la formación de la sociedad colonial. Es la evocación de un mundo que fue destruido, pero cuya presencia permanece en nuestra memoria histórica.
Enriquillo, de Manuel de Jesús Galván, profundiza en el encuentro violento entre el mundo indígena y el conquistador español. Enriquillo representa la resistencia, la dignidad y la defensa de la libertad frente a la dominación. La obra convierte un episodio histórico en una gran reflexión sobre el poder, la identidad y la resistencia humana.
Con El Montero, de Pedro Francisco Bonó, entramos en otro momento. Ya no estamos solamente ante el indígena de la época precolombina ni ante el gran conflicto de la conquista. Aparece el hombre dominicano de campo, el montero, viviendo en una sociedad que comienza a mostrar sus características propias.
Por eso considero que El Montero tiene un valor extraordinario como obra fundacional de nuestra literatura narrativa. En ella podemos reconocer aspectos de la vida rural, las costumbres, las relaciones sociales y el ambiente dominicano del siglo XIX. Es, en cierta medida, una ventana abierta hacia la formación de nuestra sociedad.
Cosas añejas, de César Nicolás Penson, agrega una dimensión que no debe faltar: la memoria popular. Sus tradiciones, relatos, leyendas y evocaciones nos permiten aproximarnos a la mentalidad, las costumbres y las creencias que fueron formando la sensibilidad dominicana.
Con Over, de Ramón Marrero Aristy, la literatura da otro paso. Aparece con fuerza el trabajador, el batey, la pobreza y la explotación social vinculada a la industria azucarera. Aquí la cultura dominicana se observa desde la realidad del hombre humilde y trabajador.
Y llegamos a El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, obra imprescindible para comprender otra dimensión de nuestra realidad caribeña: la frontera, la relación dominico-haitiana, la presencia afrocaribeña, los conflictos históricos y las profundas heridas que han acompañado esa convivencia.
Estas seis obras, por tanto, no deben entenderse simplemente como seis títulos literarios. Pueden ser contempladas como seis ventanas hacia nuestra formación histórica y cultural.
En Anacaona está la raíz indígena.
En Enriquillo, la conquista y la resistencia.
En El Montero, la formación del campesino y de la sociedad dominicana.
En Cosas añejas, la memoria popular y tradicional.
En Over, el trabajador y el conflicto social.
Y en El Masacre se pasa a pie, la frontera y la compleja dimensión afrocaribeña de nuestra historia.
No se trata de afirmar que la dominicanidad pueda encerrarse en seis libros. La cultura es siempre mucho más grande que cualquier selección. Pero sí podemos reconocer que determinadas obras poseen una capacidad especial para ayudarnos a comprender quiénes somos y de dónde venimos.
La literatura cumple así una función que va más allá del entretenimiento. Conserva la memoria, interpreta la historia y contribuye a formar conciencia nacional.
La cultura indo-afro-hispano-caribeña-dominicana es precisamente eso: una cultura nacida del encuentro de pueblos, lenguas, creencias, conflictos, sufrimientos, resistencias y aportes diversos, que terminaron creando una identidad propia.
Leer estas obras juntas significa, en consecuencia, realizar un viaje por nuestra propia historia.
Un viaje que comienza antes de la llegada de Europa, atraviesa la conquista y la resistencia indígena, penetra en el mundo rural dominicano, recoge las tradiciones populares, contempla la realidad del trabajador y llega finalmente a la compleja frontera que compartimos con Haití.
Son seis obras, pero detrás de ellas aparece una sola gran pregunta: ¿quiénes somos los dominicanos?
La respuesta no está contenida en un solo libro. Está dispersa en nuestra historia, en nuestra sangre cultural, en nuestra lengua, en nuestras costumbres y, de manera privilegiada, en nuestra literatura.
Por eso estas obras merecen ser leídas no solamente como piezas literarias, sino también como documentos vivos de la construcción de la dominicanidad.
Héctor Almanzar











Discussion about this post