El sol de la tarde encendía el asfalto de la ciudad y, con él, los ánimos de dos conductores. Carlos llevaba veinte minutos buscando estacionamiento; Luis, con prisa, se metió en vía contraria y le arrebató el espacio vacío frente a un colmado. Un reclamo de ventana a ventana bastó para encender la pólvora. En segundos, las palabras pesadas se convirtieron en empujones violentos frente a los testigos del barrio. Lo que comenzó como una simple disputa por unos metros de calle, escaló de un pestañeo a una tragedia irreparable.
La escena anterior se repite con más frecuencia de lo que aconseja el sentido común y es el reflejo exacto de la epidemia de intolerancia que hoy desangra a nuestra sociedad.
Lo vivido entre Carlos y Luis es un ejemplo de violencia social, en palabras llanas, cualquier tipo de agresión física, psicológica o verbal que ocurre entre ciudadanos en espacios públicos o comunitarios, siempre que ocurra fuera del marco del crimen organizado porque no nace de un plan para cometer un delito como un asalto, sino de la incapacidad de resolver un desacuerdo cotidiano mediante la lógica, la razón y la palabra.
Las propias autoridades, la Policía Nacional y el Ministerio de Interior y Policía, informan que la convivencia ciudadana es el mayor desafío de seguridad en la República Dominicana, a manera de ejemplo, mientras que los delitos por delincuencia organizada bajan alrededor de un 15%, la intolerancia social produce la mayoría de las muertes violentas en mas de un 59%. En este contexto, las riñas y peleas en establecimientos de diversión y discusiones en las calles por razones de tránsito y parqueo son responsables de un 73% de las muertes.
Pero no basta con documentar el problema, El estado debe urgentemente articular acciones para identificar e implementar cuentas medidas sean necesarias con el propósito de restaurar la confianza en la convivencia pacífica y en las instituciones que tienen el deber de ser garantes del estado de derecho y la paz ciudadana.
El resultado sobre lo vivido entre Carlos y Luis aumenta la percepción ciudadana sobre la inseguridad general derivando esto en trastornos que limitan la vida comunitaria y el libre tránsito en espacios públicos.
Ciertamente desde la psicología y la psiquiatría, se denuncia un aumento en consulta de casos diagnosticados como depresión, ansiedad y estrés postraumático tanto en víctimas como en testigos de actos violentos y que decir del dolor familiar y de los huérfanos.
Si Carlos y Luis hubiesen tenido la oportunidad de aprender sobre educación emocional, si conocieran sobre las estrategias para la solución de conflictos y el manejo de la rabia, si tan solo sus padres le hubieran enseñado sobre la necesidad y conveniencia de respetar el derecho del otro y el uso de la empatía, si el entorno y la convivencia fueran regulada eficazmente por los organismos del estado Carlos y Luis no fueran sujeto de esta historia










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