A Lucas se le enfrió el café que su madre le había preparado por estar pegado a la pantalla del celular desde el amanecer. Salió de la casa rumbo al trabajo caminando por la acera congestionada como un sonámbulo. Iba esquivando los baches de la calle y el camión de plátanos que por poco lo choca, absorto y sin despegar los ojos del maldito aparato.
Don Chencho, el del colmado de la esquina, le voceó un “¡Saludos, mi hijo!”, pero Lucas ni lo oyó, perdido entre videos de TikTok y chismes de WhatsApp. En la tarde, al llegar de la oficina, se tiró en la mecedora de la sala en vano intento por descansar, pero la mente no le daba paz. Aunque el barrio estaba encendido con su bachata y el juego de dominó de los vecinos, él se sentía ajeno a todos; ya no sabía conectar con la gente. Si el celular no le vibraba en el bolsillo, sentía que le faltaba la vida.
Dos mecanismos de alteración
Lucas no lo sabe, pero el uso constante del teléfono posiblemente le ha provocado alteraciones en su cerebro a través de dos mecanismos: la sobreestimulación de su sistema de recompensa y la degradación de la atención ejecutiva.
Para que Lucas entienda lo anterior, debe saber que la neurociencia define al sistema de recompensa como un circuito de estructuras cerebrales diseñado para asegurar nuestra supervivencia. Su función es motivarnos a repetir conductas que el cerebro considera beneficiosas y placenteras, como comer, beber agua, socializar o responder a la luz parpadeante de una notificación. Funciona a través de una sustancia llamada dopamina, que es la responsable de que Lucas sienta un placer anticipado al mirar la pantalla del celular.
Cuando abre un mensaje, su cerebro libera otras sustancias llamadas endorfina y serotonina. Estas son las que provocan la sensación real de satisfacción, placer y calma, asegurando la repetición de la conducta.
Por otro lado, Lucas ha desarrollado una segunda condición: el uso constante del teléfono entrena a su mente para el cambio rápido y superficial, originando la degradación de la atención ejecutiva. Es decir, se ha ido desgastando la capacidad de su cerebro para mantener la atención en una sola cosa; ahora ya le es difícil ignorar las distracciones y terminar lo que ha empezado.
Una alerta sanitaria
Gran parte de la población joven en el país pasa entre seis y nueve horas diarias frente a una pantalla. Además, se informa que el 55 % de los niños entre ocho y 16 años presenta signos de dependencia a internet.
En la República Dominicana, datos compartidos por terapeutas familiares y psiquiatras señalan que el uso excesivo de pantallas ha pasado de ser una queja familiar a convertirse en una alerta sanitaria. Los más conectados son aquellos situados entre los 18 y 24 años, y la dependencia crece desde la infancia.
Recuperar la atención y la calma
Si Lucas se propusiera establecer una zona libre de pantallas —por ejemplo, al comer o al acostarse—, si aprendiera a desconectarse una hora antes de dormir y si evitara usar el celular para combatir el aburrimiento, podría compartir más con el barrio.
Asimismo, si le quitara el brillo a la pantalla cambiándola a escala de grises, si desactivara todos los avisos de las aplicaciones y si aprendiera a “parquear” el celular dejándolo lejos al llegar a la casa, podría sentarse en su mecedora a conversar con su madre y recordar que el café caliente se disfruta mejor.











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