Es de madrugada, Mateo mira la pantalla de la computadora, el reloj marca las tres, no puede dormir, el pensar en su situación lo abruma, apenas tiene veinticinco años, posee un título de la UASD en Administración de Empresas colgado en la sala y una Maestría sobre lo mismo. En su correo, una carpeta digital que registra la historia de todas las veces que ha enviado su currículum a igual número de empresas pero que le exigen cinco años de experiencia y un sueldo que no cubre ni la canasta básica. Por un instante presta atención al zumbido del viejo abanico. Mateo ama su país. Ama el dembow que aun a esa hora retumba en el colmado de la esquina, el mangú de los sábados que su madre prepara y el calor de su gente; Mira la maleta ya preparada. No quiere irse, por todo lo que deja, pero quedarse se ha convertido en una carrera de obstáculos donde la meta siempre la mueven de lugar.
Mateo no vive solo esta situación, Conoce las historias de María, amiga y vecina que al igual que él decidió marcharse, ella, a través de una visa de estudiante y la de su amigo Julio, que estudiaron juntos y que se fue hace unos días por la vuelta por México.
Ya en el Aeropuerto, entre el bullicio de las maletas, los abrazos apretados y las lágrimas ajenas, mira a su alrededor: la terminal está repleta de rostros jóvenes y ojos aguados.
María y Mateo, son ejemplos de los miles de dominicanos que se van no por falta de arraigo, sino, porque el bolsillo y la dignidad no aguantan más promesas vacías, porque aquí, si no tienes una cuña o un apellido, el futuro simplemente es incierto.
Pero la situación que lleva a Mateo y a María a marcharse es más compleja. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la tasa de desempleo juvenil en el país se sitúa entre el 12 % y el 14.7 %, duplicando el promedio de desocupación general de la población nacional. En adición, el costo de la canasta familiar nacional promedio ronda los RD$ 49,613.15. Sin embargo, el salario mínimo más alto regulado para el sector privado no sectorizado es decir el que pagan las grandes empresas es de apenas RD$ 29,988.00. Esto significa que, incluso aun accediendo al peldaño salarial más alto de la base formal, un joven profesional no logra cubrir las necesidades del costo promedio de la vida dominicana.
A la situación anterior se le une, la gran paradoja que Mateo no puede entender, la barrera de la experiencia: La mayor proporción de contrataciones formales exige perfiles de entre 25 a 45 años con experiencia previa comprobable, dejando fuera a los egresados universitarios recientes es decir que se necesita empleo para tener experiencia, pero se necesita experiencia para tener empleo.
Pero lo anterior no es todo, el modelo económico que prevalece en la economía dominicana, basado mayoritariamente en el turismo, zonas francas de manufactura básica y comercio informal, demanda de empleos mayoritariamente de baja productividad, Esto a su vez, genera un desajuste entre la oferta educativa y la demanda de un mercado que no logra absorber la cantidad de técnicos y profesionales calificados que egresan de las universidades. Los economistas llaman a este fenómeno, inflación de títulos donde maestrías y licenciaturas e ingeniería se ven obligadas a competir por puestos sub pagados.
Mateo y María forman parte de los miles de dominicanos que de una u otra manera, ven la migración como única salida, como alivio a un estado de ansiedad que la Psicología Social llama Desesperanza Aprendida, ese sentimiento que se instala cuando el sujeto percibe que sus esfuerzos no controlan los resultados y que las metas siempre la mueven de lugar.
Para retener a Mateo y lograr que María regrese, es necesario que la sociedad, liderada por la clase política, se ponga de acuerdo para evitar la fuga de cerebros. Con este fin, los expertos proponen instaurar por ley la pasantía y el primer empleo. Este proceso sería subsidiado por el Estado mediante incentivos fiscales a las empresas participantes, resolviendo así el problema de la falta de experiencia laboral certificada. De igual manera, se debe enfrentar el asunto de los bajos salarios, aplicar la llamada indexación progresiva y pagar dignamente al profesional.
Otra alternativa para evitar el éxodo obligado de jóvenes profesionales como Mateo y María y del propio Julio es que el Estado cree proyectos de apoyo económico o capital semilla no reembolsable. Esto permitiría a los profesionales que no logran insertarse en el tejido empresarial iniciar proyectos microempresariales, tales como consultorías u otros modelos de negocio, rompiendo así con la dependencia del empleo tradicional.
Porque al final, la mayor tragedia de Mateo no es tener que empacar su vida en una maleta, sino saber que su país tenía todo para hacerlo feliz, excepto un lugar para dejarlo crecer.











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