“Más preparados que nunca”. Así se presentaba el sistema educativo dominicano al inicio del año escolar 2026-2027; sin embargo, agosto y septiembre quedaron atrás y, avanzado octubre, todavía persisten grandes interrogantes sobre centros educativos intervenidos, estudiantes afectados, útiles escolares pendientes, recursos descentralizados que no llegan y responsabilidades institucionales que no siempre encuentran el reconocimiento correspondiente. La pregunta resulta inevitable: ¿qué significa estar preparados cuando el año escolar avanza y parte del sistema continúa intentando alcanzar las condiciones necesarias para funcionar?
La infraestructura escolar constituye una de las contradicciones más visibles y uno de los problemas que han condicionado el desarrollo del presente año escolar. Una escuela que permanece cerrada o que labora a medias por reparaciones no representa solo una infraestructura pendiente; representa oportunidades de aprendizaje que se pierden mientras la administración intenta resolver aquello que debió anticipar.
Algo semejante ocurre con la utilería escolar, pues un recurso educativo que llega tarde no tiene el mismo valor que aquel que estuvo disponible cuando comenzó a necesitarse. Resulta preocupante que, avanzado el mes de octubre, continúen reportándose centros educativos, distritos y regionales donde los estudiantes no recibieron la utilería correspondiente. Ante esta situación, el MINERD y el INABIE deberían presentar un balance público, actualizado y desagregado por regional y distrito, que permita conocer no solamente cuánto se ha distribuido, sino cuánto permanece pendiente y por qué.
También preocupa la situación de los recursos descentralizados, pues la descentralización no puede convertirse en el arte de transferir responsabilidades sin asegurar los medios para cumplirlas. Los centros educativos deben resolver necesidades cotidianas, mantener condiciones básicas y responder por su gestión, pero existen cuestionamientos sobre la regularidad de las transferencias que reciben. El propio Plan Estratégico Institucional 2021-2024 del MINERD ya identificaba la necesidad de regularizar esas entregas. ¿Cuánto hemos avanzado realmente? ¿Cómo puede exigirse autonomía de gestión cuando los recursos no están garantizados oportunamente?
A ello se suma la situación de muchos directores y coordinadores pedagógicos que ejercen responsabilidades institucionales sin que estas encuentren siempre el reconocimiento administrativo y salarial correspondiente. Resulta contradictorio exigir liderazgo, planificación y resultados a quienes todavía esperan la regularización de las condiciones asociadas a sus funciones.
No obstante, sería injusto desconocer la complejidad de dirigir uno de los sistemas públicos más grandes del país: presupuestos, contrataciones, procedimientos administrativos, intereses contrapuestos, infraestructura envejecida y necesidades acumuladas durante décadas dificultan la gestión. No todos los retrasos constituyen negligencia ni todos los problemas comenzaron con las autoridades actuales. Pero comprender la complejidad de administrar no significa aceptar que la improvisación se convierta en una característica permanente de nuestra educación.
Penosamente hemos desarrollado, en buena parte de nuestra administración educativa, una extraordinaria cultura de la evidencia: fotos, informes y cronogramas; contrario a esto, necesitamos con urgencia consolidar una verdadera cultura de la efectividad. Una fotografía demuestra que ocurrió una actividad, una estadística informa cuánto se hizo, una inauguración presenta una obra; sin embargo, ninguna de esas evidencias demuestra, por sí sola, que el problema haya sido resuelto. Gestionar no consiste simplemente en demostrar que se hizo algo, sino en conseguir que aquello que se hizo produzca el resultado para el cual fue necesario hacerlo.
Creo, amigo lector, que no se trata de negar avances ni de alimentar el oportunismo político; se trata de comprender que la educación no necesita defensores de estadísticas ni adversarios de gobiernos, sino instituciones capaces de responder por sus resultados.
Estar preparados no consiste en llegar primero al acto inaugural, sino en garantizar que la escuela esté lista para cumplir su misión cuando llegan sus estudiantes. Ya pronto termina octubre, el año escolar está transcurriendo y cada jornada perdida, cada recurso ausente y cada dificultad institucional que permanece sin respuesta tiene consecuencias sobre estudiantes que no pueden detener su crecimiento mientras el sistema termina de organizarse.
El MINERD tiene todavía la oportunidad de demostrar que aquella expresión fue algo más que un lema; pero tendrá que hacerlo donde verdaderamente importa: en las aulas, en las condiciones de trabajo, en los recursos disponibles y en el aprendizaje efectivo.
La preparación de un sistema educativo no se demuestra por la eficacia de una campaña mediática, sino por la capacidad de convertir sus promesas en resultados concretos. Y cuando octubre encuentra todavía problemas que agosto debió haber resuelto, corresponde preguntarnos si estábamos realmente más preparados que nunca o si, una vez más, estuvimos mejor preparados para anunciarlo que para hacerlo posible.











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