El 12 de octubre se conmemora el mal llamado Día de la Raza, una fecha presentada durante siglos como el encuentro de dos culturas, cuando en realidad marcó el inicio de la conquista, el saqueo, el sometimiento y el exterminio de numerosos pueblos originarios de América.
El 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón llegó a Guanahaní, en las Bahamas, isla que denominó San Salvador. El 5 de diciembre arribó a nuestra isla, a la que llamó La Española, ignorando la identidad y las culturas de sus habitantes originarios.
La conquista impuso nuevas estructuras políticas, económicas y religiosas. La búsqueda del oro desató una explotación despiadada, que encontró resistencia en figuras como Anacaona, cacica de Jaragua, ejecutada por los conquistadores españoles en 1504. Algunos sectores religiosos legitimaron el sometimiento, mientras otros, como fray Antonio de Montesinos, denunciaron los abusos contra los indígenas en su histórico sermón de 1511.
El poeta chileno Pablo Neruda, en su Versainograma a Santo Domingo (1966), condenó aquella tragedia histórica. Al referirse a la llegada de Colón, exclamó:
«¡Ay mejor no la hubiera descubierto!»
Su poema denuncia la codicia de los conquistadores, la violencia ejercida contra los indígenas y las sucesivas intervenciones extranjeras que han marcado nuestra historia.
Desde entonces, nuestro territorio ha experimentado distintas formas de dominación: la colonización española, el período de gobierno haitiano (1822-1844), las ocupaciones militares estadounidenses de 1916-1924 y la intervención de 1965. Aunque estos acontecimientos responden a circunstancias históricas diferentes, constituyen capítulos fundamentales para comprender nuestras luchas por la independencia y la soberanía.
A 534 años de la llegada de Colón, las formas de dominación han cambiado, pero persisten relaciones de dependencia económica. Hoy no llegan carabelas cargadas de conquistadores; llegan grandes capitales, corporaciones y acuerdos comerciales cuyos efectos sobre nuestras riquezas y la producción nacional deben examinarse críticamente.
El oro de Cotuí constituye un ejemplo que nos obliga a preguntarnos cuánto de esa riqueza beneficia realmente al pueblo dominicano y cuáles son las consecuencias ambientales y sociales de su explotación.
Igualmente preocupante es la situación de los parceleros y productores de arroz, ante la eliminación de medidas arancelarias de protección. Esta decisión podría afectar una actividad fundamental para la economía del Cibao, particularmente de San Francisco de Macorís y la región Nordeste, poniendo en riesgo el sustento de miles de familias y nuestra seguridad alimentaria.
Resulta imprescindible cuestionar la complacencia histórica de los gobiernos dominicanos y de determinados grupos económicos, políticos y religiosos frente a los intereses externos, especialmente cuando las decisiones adoptadas comprometen nuestras riquezas, debilitan la producción nacional o perjudican el bienestar colectivo.
No se trata de rechazar la inversión extranjera ni las relaciones internacionales, sino de exigir que respondan al interés nacional, respeten nuestros recursos y contribuyan al desarrollo de nuestras comunidades.
La historia tampoco puede contarse únicamente desde la mirada de los conquistadores. Debemos reconocer las voces de los pueblos indígenas, de los africanos esclavizados y de quienes resistieron la opresión.
El 12 de octubre debe ser una fecha para recordar, reflexionar y defender nuestra soberanía. Porque la conquista no debe perpetuarse bajo nuevas formas de dependencia, ni las riquezas de nuestra tierra convertirse en prosperidad para unos pocos mientras nuestros pueblos continúan luchando por una vida digna.
Dra. Sonia Barrera García
Pertinencia Universitaria











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