Cuando compramos una vivienda, solemos pensar en el precio, la ubicación, las habitaciones y la posibilidad de que aumente su valor. Sin embargo, hay una pregunta que merece acompañarnos desde la primera visita: ¿podremos seguir viviendo cómodamente en esa casa cuando nuestras necesidades cambien con los años?
Imaginemos una pareja que compró un apartamento en un tercer piso sin ascensor. Durante años, subir las escaleras fue parte de su rutina. Tiempo después, ese mismo trayecto podría dificultarle salir a comprar, visitar a sus amigos o acudir a una cita. La propiedad sigue siendo la misma; las necesidades de sus ocupantes pueden cambiar.
Envejecer no significa que todos perderemos nuestra independencia ni que necesitaremos el mismo tipo de vivienda. Cada persona tiene condiciones y preferencias distintas. Precisamente por eso, conviene elegir un hogar que permita ajustes, en lugar de dar por sentado que siempre podremos utilizarlo de la misma manera.
La Organización Mundial de la Salud incluye la accesibilidad y los riesgos de lesiones en el hogar entre los asuntos que deben atenderse para lograr viviendas saludables. Esta perspectiva nos invita a evaluar una propiedad también por la facilidad y seguridad con que sus habitantes pueden desenvolverse en ella.
Las escaleras merecen atención, pero la revisión debe comenzar desde la acera. ¿Hay escalones para entrar al edificio? ¿Se puede llegar al ascensor sin obstáculos? ¿Las puertas y los pasillos permiten circular con comodidad? Un apartamento amplio puede resultar poco práctico si acceder a él exige superar barreras todos los días.
También debemos observar el baño, la cocina y los dormitorios. Una ducha de acceso cómodo, buena iluminación y espacio suficiente para moverse son características que conviene valorar. Cuando hagan falta adaptaciones, lo prudente es consultar a profesionales que evalúen las necesidades de la persona y las condiciones del inmueble.
En los edificios con ascensor, sugiero preguntar por su mantenimiento y por el respaldo eléctrico que permite utilizarlo durante una interrupción del servicio. Tener ascensor es una ventaja, pero conocer cómo funciona y qué ocurre cuando se avería ayuda a tomar una decisión mejor informada.
La ubicación debe examinarse más allá del prestigio del sector. Conviene pensar en la distancia hasta los servicios médicos, la farmacia y el supermercado, así como en las opciones de transporte. También importa si podemos caminar por el entorno o si cualquier diligencia nos obliga a depender de otra persona.
La cercanía de familiares, amigos y espacios de convivencia merece un lugar en esa evaluación. Para quien disfruta conversar con sus vecinos o participar en su comunidad, una mudanza puede cambiar mucho más que su dirección. La comodidad del interior debe considerarse junto con la vida que esa persona desea mantener afuera.
Hay, además, una pregunta económica: ¿podremos sostener esta vivienda en los próximos años? El mantenimiento, la energía, las reparaciones y las cuotas del condominio forman parte de su costo real. Antes de comprar o mudarse, conviene revisar esos gastos frente a los ingresos disponibles y previsibles.
A quienes ya tienen una casa les propongo comenzar por una evaluación serena. Quizás sea posible reorganizar espacios o adaptar algunas áreas. En otros casos, podría convenir una vivienda de menor tamaño o con mejor acceso. La respuesta debe surgir de las necesidades familiares, las posibilidades económicas y una revisión técnica cuando corresponda.
Esa conversación debe incluir a la persona que vive en el inmueble. Los hijos pueden acompañar y aportar ideas, pero las preferencias de sus padres merecen respeto. Planificar con tiempo permite comparar alternativas y decidir con mayor participación, antes de que una situación urgente reduzca las opciones.
Los dominicanos que viven en el exterior y piensan regresar también deberían incorporar estas preguntas a su búsqueda. Además de la vista, la piscina o la cercanía de la playa, les sugiero evaluar los servicios cotidianos, los accesos y el acompañamiento con que contarían al establecerse nuevamente en el país.
Como asesor inmobiliario y de familias, considero que nuestra responsabilidad incluye conversar sobre cómo se vivirá en una propiedad a lo largo del tiempo. Invito también a los desarrolladores a incorporar accesos y distribuciones que respondan a distintas necesidades. Una vivienda debe ofrecer posibilidades de uso para las diferentes etapas de quienes la habitan.
¿Su vivienda actual le permitiría vivir cómodamente dentro de veinte años? ¿Qué tendría que adaptar? Si está pensando comprar, ¿ha considerado sus necesidades futuras? ¿Qué deberían mejorar nuestros proyectos residenciales para acompañar el envejecimiento de las familias? Comparta su experiencia y sus opiniones.
cesarfragoso75@hotmail.com











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