La historia de nuestras comunidades está construida, en buena medida, por hombres y mujeres cuya existencia trasciende su tiempo, no necesariamente por los cargos que ocuparon, sino por la dimensión humana de sus aportes, la entrega a sus semejantes y la huella que dejaron en la sociedad.
En esa perspectiva quiero destacar a dos hermanos sacerdotes: Ercilio de Jesús Moya y Jesús María de Jesús Moya, cuyas vidas estuvieron vinculadas al ejercicio del sacerdocio, al servicio de la Iglesia y a la comunidad, desde diferentes responsabilidades, pero con una misma vocación de entrega.
La reciente partida de monseñor Jesús María de Jesús Moya constituye una oportunidad para recordar también a su hermano Ercilio, cuya trayectoria sacerdotal, particularmente en Tenares y Villa Tapia, merece ocupar un lugar de reconocimiento en nuestra memoria colectiva.
El padre Ercilio desarrolló una prolongada labor pastoral en esas comunidades. Su presencia como párroco no puede reducirse a la celebración de los oficios religiosos. El sacerdote, cuando asume plenamente su compromiso, se convierte también en orientador, acompañante, consejero y servidor de las necesidades espirituales y humanas de su pueblo.
Por su parte, monseñor Jesús María desarrolló una trayectoria que lo llevó a ejercer responsabilidades episcopales, con una presencia significativa en la vida de la Iglesia y de la sociedad dominicana. Su ministerio alcanzó una amplitud que merece ser reconocida por las generaciones presentes y futuras.
Sin embargo, considero necesario establecer una reflexión que va más allá de las diferencias de sus responsabilidades eclesiásticas: no encuentro razón para establecer diferencias en el mérito de ambos por su entrega al sacerdocio y por la amplitud de su servicio a la comunidad.
La jerarquía eclesiástica determina responsabilidades institucionales, pero no constituye, por sí sola, una medida de la calidad humana, la vocación ni la grandeza espiritual de un sacerdote.
El ejercicio parroquial, desarrollado durante tantos años junto a las familias, los jóvenes, los trabajadores y los sectores comunitarios, tiene una dimensión social y humana que no debe considerarse menor frente a otras responsabilidades de la Iglesia.
De igual manera, el ministerio episcopal implica compromisos de conducción, orientación y servicio que amplían el campo de acción sacerdotal.
Son responsabilidades diferentes, pero pueden expresar una misma grandeza de vocación.
En el caso de estos dos hermanos, interesa reconocer la coincidencia fundamental de sus vidas: el sacerdocio entendido como entrega, responsabilidad y servicio a los demás. No se trata de comparar sus obras ni de establecer categorías de méritos, sino de reconocer que ambos representan expresiones de una misma misión.
La memoria histórica de Tenares y Villa Tapia tiene razones particulares para recordar al padre Ercilio. Su paso por esas comunidades forma parte de una historia religiosa y social que merece ser investigada, documentada y transmitida a las nuevas generaciones.
También merece recordarse el contexto histórico en que desarrolló su ministerio, incluyendo su disposición a brindar acogida y protección a jóvenes seminaristas y personas perseguidas durante los años difíciles de la dictadura de Trujillo. Esa dimensión de su conducta revela que el compromiso sacerdotal podía extenderse más allá de los límites estrictamente religiosos.
La muerte de monseñor Jesús María nos invita, por tanto, a mirar la trayectoria de ambos hermanos como parte de un mismo legado familiar, sacerdotal y comunitario.
No debemos confundir el reconocimiento de una jerarquía con la valoración integral de una vida. Un sacerdote puede no alcanzar una posición episcopal y, sin embargo, haber entregado toda su existencia al servicio de su comunidad, con una profundidad humana y espiritual que merece idéntico respeto.
La dignidad del sacerdoci











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