
Decía el genial escritor inglés, Oscar Wilde, que si hay alguien que se preocupa más por el dinero que los ricos son, o deberían ser en nuestro caso, los pobres. Aquí existe una cultura general de adormecimiento corruptivo a todos los niveles .
A los de arriba no les preocupan mucho los casos de robos del erario público, porque a ellos no les va a afectar pues tienen suficientes recursos para vivir como marajás otras cinco nuevas existencias terrenales, y además porque en no pocos casos son los mismos que están involucrados de manera directa o indirecta en esos tejemanejes dolosos.
A los del medio tampoco les preocupa demasiado, porque de alguna manera aspiran con ser nombrados en algún puesto oficial donde haya posibilidad de cogioca, grande, mediana o pequeña, y ascender de posición social, para dejar de padecer las numerosas presiones económicas y de imitación propias de esta clase que lucha a brazo partido contra la carestía, la inflación y los impuestos para no caer en niveles inferiores.
Y los de abajo, que siguen siendo excesiva mayoría en el país, porque todos los escándalos que suceden en las altas esferas son ‘’ vainas’’ ante las que nada o muy poco pueden hacer, y a veces ni lo pueden entender, y bastantes preocupaciones tienen con buscárselas para el diario subsistir y echarle algo de arroz al anafe.
Hay una especie de creencia muy generalizada de que el dinero del Estado es de sólo del Estado, y cuando lo desfalcan no importa mucho porque tiene miles de millones por pilas y no le va a pasar nada, y hasta algunos sienten una callada envidia por aquellos que se han podido meter fácilmente en el bolsillo unos buenos tucanos –la nueva divisa monetaria para mensurar los sobornos- porque al final de cuentas, o ninguno de los jefes malandros cae preso, o le echan las culpas al eslabón más débil de la cadena mafiosa, o si por pura casualidad los llegan a encarcelar, salen rápido por la puerta giratoria de atrás para disfrutar alegremente sus fortunas.
Y como aquí los que roban masivamente -cuanto más mejor- no sufren de estigma o señalamiento o discriminación social como debería suceder en un país adecentado, pues sabemos que el dinero masivo santifica y lava todos los pecados por feos que estos sean, siguen siendo personas respetadas, aceptadas, y hasta promocionadas en cargos superiores.
En este querido patio, hay tantos casos así que la impunidad se ha convertido en un salvoconducto delictivo que está clavado como paradigma en el imaginario nacional cuando de corruptelas públicas se trata. Pero cada soborno, robo, desfalco, chanchullo, cogioca, indelicadeza, o como quiera llamársele de manera cruda o con palabras perfumadas, es un dinero que se sustrae a cada uno de los ciudadanos que pagamos impuestos y se nos priva tener algún bien. En unos casos será el valor de una menta, en otros un paquete de galletas, o un medio pollo, o de un libro para estudiar, pero en todos se nos está quitando lo que es de nuestra sagrada propiedad.
Cuando se desaparecen 1.000 millones de pesos por arte de magia -magia ladrona- que ya es una unidad de medida básica para medir las sustracciones, cada dominicano le sacan un promedio 100 pesos de la billetera o la lacancía, aparentemente no es gran cosa, apenas una cerveza en un colmado, pero que sumados por los diez millones de habitantes dan escuelas, clínicas, puestos de trabajo y muchas otras cosas que necesitamos con máxima urgencia, y, por el otro lado, el oscuro, también dan hermosas residencias, carros de lujo, fincas y villas en Miami para quien o quienes se los apropiaron indebidamente.
El dinero del Estado no es del Estado, es el fruto del esfuerzo de todos, unos más y otros menos, y por lo tanto cuando alguno o algunos, y en la forma que sea, lo sustraen, nos están robando a todos nosotros, a usted, amigo lector, a mí, y al motorista que va ahora mismo por la calle.
Y deberíamos ser todos también, y aún más los del medio y los de abajo, los que tendríamos que protestar con mayor firmeza, y exigirles las debidas cuentas. A los que roban, y a los que lo permiten. A ver si nos lo metemos en la cabeza para ir cambiando este asunto, que ya es hora, como la de ir a la escuela.











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