Consejo es uno de los siete dones del Espíritu Santo. Su objetivo es enseñarnos el camino hacia la santidad, para que la solución a cada situación concuerde con la gloria de Dios y el bien de los demás.
Esta Obra de Misericordia, viene en ayuda de las personas que necesitan orientación. La duda es sinónimo de incerteza por la imposibilidad de saber elegir ante una situación determinada o de quien se encuentra en un momento de oscuridad. De este modo, la vida de la persona dudosa oscila peligrosamente entre el miedo y la angustia, ocasionándole un profundo sufrimiento. La duda aquí no es según el método filosófico cartesiano, sino duda interior; tampoco es aquella que nos inquieta y empuja a buscar la verdad, sino la que paraliza. De aquí la necesidad de salir de ella por sí mismo o con la ayuda del consejero.
Aconsejar es amar. Quien posee el don de consejo es una persona que ama. Quien aconseja ama la persona desorientada. Contrario a la persona que hace leña del árbol caído. El que critica, no ama, simplemente hace daño y mucho mal. El que aconseja no juzga, orienta, construye el bien. De aquí que, la Iglesia considera que aconsejar es una Obra de Misericordia, porque es buscar el bien del prójimo y cumplir con el mandamiento fundamental del amor: Amar a Dios y al prójimo.
Aconsejar también es hacerse cercano al otro, es padecer con el otro, es ayudar a que aflore la verdad para que la mente del dudoso se ilumine, es hacer que la voluntad logre elegir, es instaurar un diálogo con el otro, es crear la “cultura del encuentro”, que enfatiza frecuentemente el Papa Francisco.
De este modo, esta Obra de Misericordia consta de dos partes fundamentales: por un lado, su valor antropológico: el amor hacia el ser humano que se manifiesta en el hecho de estar atento hacia los sufrimientos del otro, orientándolo a elegir en libertad y verdad; y de otro lado, el valor espiritual: que es la mayor expresión del amor que se profesa a Dios a través del hermano sufriente (Mt 18,15-20).
Aceptar un consejo no es señal de debilidad, sino de humildad. Dar un consejo no es signo de grandeza y superioridad, sino de solidaridad y cercanía (Sir 37,8-28). También existe la posibilidad de que el consejo sea aceptado o no, porque el que aconseja debe dejar al aconsejado en libertad; a pesar del riesgo, la opción siempre será darlo por el amor, la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado que debe profesar el cristiano hacia los demás.
Una de las cualidades del buen consejero es saber el valor del silencio. Quien aconseja primero ha orado y meditado lo que va a decir y cómo lo va a decir. Lo ha hecho suyo y lo testimonia. Dar consejo no es dar “recetas”, sino orientar para que la persona sepa elegir entre las diversas opciones que tiene.
El mayor consejero es el Espíritu Santo. Por eso es necesario orar. El Papa Francisco insiste en ello: “El consejo es el don con el que el Espíritu Santo capacita nuestra conciencia para hacer una elección concreta en comunión con Dios, según la lógica de Jesús y de su Evangelio… La condición esencial para conservar este don es la oración… rezar al Señor: ‘¡Señor, ayúdame! ¡aconséjame! ¿Qué debo hacer ahora?’. Y con la oración hacemos espacio para que venga el Espíritu y nos ayude en ese momento, nos aconseje sobre lo que todos debemos hacer. La oración ¡nunca olvidéis la oración! ¡Nunca!… Rezar para que el Espíritu nos dé este don del consejo. En la intimidad con Dios, en la escucha de su Palabra, poco a poco ponemos a un lado nuestra lógica personal, que viene muchas veces de nuestra cerrazón, de nuestros prejuicios, de nuestras ambiciones y aprendemos, sin embargo, a preguntar al Señor: ¿Cuál es tu deseo? Pedir consejo al Señor y esto lo hacemos con la oración… Es el Espíritu que nos aconseja, pero nosotros debemos darle espacio, espacio al Espíritu para que nos aconseje. Dar espacio es rezar. Rezar para que él venga y nos ayude siempre. Como todos los demás dones del Espíritu, además, también el consejo constituye un tesoro para toda la comunidad cristiana. El Señor no nos habla sólo en la intimidad del corazón. Nos habla sí, pero no solo allí, sino también a través de la voz y del testimonio de los hermanos. ¡Es de verdad un don grande poder encontrar hombres y mujeres de fe que, sobre todo en las etapas más complicadas e importantes de nuestra vida, nos ayudan a hacer luz en nuestro corazón y a reconocer la voluntad del Señor!










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