El objetivo de la Cuaresma es llegar a la Pascua; poder contemplar al resucitado. Por eso, con las prácticas del ayuno, la penitencia y la oración nos vamos acercando a este gran acontecimiento de fe y de amor. Cada sacrificio que vamos realizando nos va llevando poco a poco a encontrarnos con nuestra propia realidad, con nuestras miserias para reconocer que es posible un cambio de vida y de horizonte que, al principio pueda que parezca imposible, porque nos acostumbramos a fijar la mirada solo en nuestros pecados, y se nos olvidó lo que dice la Carta de los romanos 5, 20 cuando expresa: “allí donde abundó el pecado, sobreabundó la Gracia”.
La Cuaresma es un camino de sanación. Es el momento donde se va dejando atrás la oscuridad para aproximarnos a la luz. Vivir el tiempo cuaresmal es hacer un parada sincera y clara, para ir colocando las cosas en orden en nuestra existencia. Es donde hacemos un inventario de nuestro interior y miramos cómo va realmente lo que somos y lo que tenemos.
Ahora bien, la sanación lleva su tiempo, porque así como las heridas no se forman de la noche a la mañana, lo mismo sucede con la sanación y liberación, conllevan un ir dejando atrás todo lo negativo para ir encontrando lo que realmente nos hará felices y nos llena de sentido. Y pese a que el proceso duele, desespera, provoca deseos de abandono y de seguir metido en el fango, quien persevera y continúa los pasos que propone la Iglesia en tiempo de Cuaresma, irá madurando en la fe, en la visión de Dios y, sobre todo, aprenderá a darle un signo positivo y redentor al sufrimiento cotidiano a la luz del sufrimiento y la entrega de Jesús en la cruz.
Siempre es bueno tener presente que solo hay beneficio después del sacrificio. Que a lo mejor aspiramos en otra ocasión, ya sea por cansancio o por enojo, a dejar de tener una vida sin limitaciones, sin dolores y libre de toda clase de maldad, mas, eso solo se observa en los cuentos de andas, porque hasta en las mismas películas se logra gozar o estar alegre, después de haber cruzado varios caminos de dificultad.
Aprovechemos la Cuaresma entonces, para sanar nuestros huecos y vacíos; para enfrentar nuestros miedos y superar las dudas personales que nos impiden avanzar. Curemos lo que nos aleja de Dios, lo que nos divide con la familia; eso que no quita el deseo y la aspiración de lograr muchas cosas dignas y optimistas. Encontrémonos con nosotros mismos para agradecer a Jesús por haber decidido limpiar nuestras heridas con sus heridas; por haber sanado nuestro corazón con su corazón. Demos gracias a Cristo por su inmenso amor, porque justamente con su amor en una cruz, le devuelve al corazón humano la oportunidad de purificar aquello en nosotros que, por miedo, escondemos…











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