Nos encontramos en un mundo cada vez más violento. En una sociedad donde las personas han decidido resolver sus diferencias con golpes, maltratos y con ofensas. El diálogo se ha quedado en la oficina, en la rueda de prensa, en recursos humanos, en las actividades protocolares, etc. Mientras esto sucede, estamos dejando escapar nuestra capacidad de pensar, nuestra voluntad de buscarle solución a los problemas por medio de la palabra, a través de la confrontación pacífica, y escuchando las diversas opiniones de los demás.
Las buenas costumbres poco a poco las estamos guardando en una gaveta. Por tal razón, no es de extrañar, que en las calles, en algunos establecimientos comerciales, en una fiesta o en un paseo por un río, se vea cómo asesinan, hieren o lanzan palabras obscenas a todos aquellos que en diversas ocasiones quieren arreglar las cosas por la vía de la comprensión. De aquí que ante este panorama social y cultural, se promulgue que lentamente se está perdiendo la paciencia, la tolerancia y el raciocinio. Y como es más fácil pegar y humillar, que escuchar y comprender, los seres humanos se aproximan cada vez más a su instinto animal y bloquean la reflexión y el pensamiento.
Todo esto va creando incertidumbre y confusión en la población, porque en una Nación donde la palabra sea sustituida por la rivalidad, y los golpes se conviertan en la llave para abrir muchas puertas, entonces es ahí cuando nos damos cuenta que estamos permitiendo que el salvajismo nos controle y que nos diga cómo conducir nuestra vida. Dejamos que el instinto que llevamos dentro nos transforme en animales de la selva, en pobres seres humanos que al no saber manejar las emociones y los sentimientos, se convierten en busca pleitos callejeros.
Sin embargo, la vida misma nos educa. Nos hace ver nuestros errores; las limitaciones con la que venimos a este mundo. Es ella la que despierta en nosotros la conciencia de reconocer que Dios no ha colocado la razón de lujo en nuestras relaciones humanas, tampoco lo ha hecho para hacernos la vida imposible, sino para motivarnos a resolver las cosas analizando y buscando la mejor manera de vivir. Dios lo hizo de esta manera además, para que cuando las palabras perdieran su valor como está pasando en estos momentos actuales, fuera la misma existencia que nos recordará lo valioso que es el orden y la paz entre las personas.
“No hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”. Hemos escuchado y repetido tantas veces esta frase que quizás sea necesario volverlo hacer por el pesimismo que nos arropa y nos quita nuestra identidad constructora de nueva humanidad. Creo que es oportuno recuperar fuerza, ánimo y voluntad para regresar a la carretera del optimismo y colocar la razón y los principios humanos donde van, ya que si dejamos que el caos y la violencia continúen ganándole la batalla al civismo mañana nos lamentaremos por haber dejado que el mal tuviera la última palabra en nuestra sociedad.











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