La segunda Obra de Misericordia Corporal es “dar de beber al sediento”. El agua es uno de los elementos más importantes en la composición del sistema solar.
Tanto en las mitologías antiguas, las cosmogonías babilónicas, la filosofía griega y los relatos bíblicos, el agua aparece como elemento fundante en la supervivencia de todo tipo de vida, evidenciando su papel protagónico. La ciencia afirma que el mundo está constituido por un 71% de agua; el bebé al nacer posee un 75% de agua en su cuerpo, mientras que el hombre adulto, un 60% y la mujer, oscila de un 50 a un 55%.
A pesar de su importancia, es un producto que va en disminución en modo acelerado, fruto del maltrato al que está siendo sometido el Medio Ambiente. Esto se agrava por la falta de consciencia al tratar un elemento tan esencial como el agua, a tal punto que, con razón o exageración, algunas voces se alzan afirmando que la próxima guerra mundial, tendrá como principal motivo la falta de agua potable en el mundo. Los Obispos dominicanos en su Carta Pastoral del 21 de enero de este año, en su número 44 comentando esta Obra de Misericordia, han denunciado el hecho de que “muchos hermanos nuestros se enferman porque tienen que calmar su sed con agua contaminada” y continuaban diciendo: “Hay también muchas personas en nuestros barrios que tienen que comprarla para su aseo diario mientras muchos la desperdician”.
El Papa Francisco también ha elevado un grito a favor del agua: “Mientras se deteriora constantemente la calidad del agua disponible, en algunos lugares avanza la tendencia a privatizar este recurso escaso, convertido en mercancía que se regula por las leyes del mercado. En realidad, el acceso al agua potable y segura es un derecho humano básico, fundamental y universal, porque determina la sobrevivencia de las personas, y por lo tanto es condición para el ejercicio de los demás derechos humanos. Este mundo tiene una grave deuda social con los pobres que no tienen acceso al agua potable, porque eso es negarles el derecho a la vida radicado en su dignidad inalienable” (Laudato Si’, 30).
Compartir “nuestra” agua con el sediento no es sólo una necesidad, sino un imperativo que tiene su fundamento en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento la voz “agua” aparece 582 veces, mientras que en el Nuevo, 80; sin tomar en cuenta las palabras que se relacionan con ella (por ejemplo, Mar, 487 veces), tampoco todas las veces que se refiere a los fenómenos meteorológicos. En Israel, tierra de desierto, dar de beber al sediento es una necesidad de vida o muerte. Pero su importancia no sólo está relacionada con estos elementos materiales, sino sobre todo con su simbolismo, también sacramental, dado por Jesús en su Bautismo (Mc 1,9-11).
La búsqueda de Dios es comparado en la Biblia como “tierra reseca y árida” (Sal 63; 143) y también como una gran sed sólo equiparada a la necesidad de agua en el desierto: “Como busca la cierva, corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?
Por todo lo visto anteriormente, dar de beber al sediento es un imperativo cristiano que repercutirá en el juicio final personal: “Vengan, benditos de mi Padre, reciban la herencia del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque… tuve sed, y me dieron de beber…” (Mt 25,35).











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