“Errar es de humanos”, reza el refrán y cuánta sabiduría encierra esa frase. La humanidad desde Adán y Eva conoce lo que significa la fragilidad humana y la tendencia al mal, por lo que esta Obra de Misericordia, está directamente referida al pecado; de aquí que, podemos leer que algunos textos la titulan: “Amonestar a los pecadores”.
Mateo, trae en un lugar céntrico de su Evangelio, la corrección fraterna: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano” (Mt. 18,15-17).
La idea de Jesús es que la corrección sea hecha por etapas: En el primer momento, la convocatoria entre quien ha errado y quien corrige, sin envolver a terceros; Jesús busca con ello salvar la dignidad de la persona; en segundo momento, entre quien se ha equivocado y algunos representantes de la comunidad y, si aún no se resuelve el problema, delante de toda la comunidad. La pedagogía de Jesús no es equivocada, a pesar de que en la práctica, nosotros la invertimos constantemente, pero su objetivo es aplicar un método de misericordia y, sobre todo, de gran respeto hacia el caído.
Jesús busca enseñarnos que al que yerra no debemos empujarlo hacia el precipicio, sino de que sienta la necesidad de la comunidad y regrese a su seno. Por lo tanto, Él nunca condenará a una persona que ha probado el polvo del pecado (Jn 8,3-11).
La corrección fraterna siempre debe hacerse con mansedumbre y humildad y a pesar de que nunca será fácil, hay que tener pendiente lo que nos aconseja al respecto el apóstol Santiago: “Si alguno de ustedes, hermanos míos, se desvía de la verdad y otro le convierte, sepa que el que convierte a un pecador de su camino desviado, salvará su alma de la muerte y cubrirá multitud de pecados” (5,19-20). Por lo tanto, la corrección es un camino hacia la salvación.
La corrección fraterna tiene un componente personal, tanto de quien corrige como de quien es corregido. Corregir es un arte que logra identificar tanto el mal personal como el mal que habita en el otro. Quien corrige actúa sin lastimar, sino buscando siempre curar, como un médico experto, el mal que hay en sí mismo y en el hermano; y puede curar en base a su propia experiencia, de ser un pecador perdonado. Más aún, corrige a partir del ejemplo de Jesús, quien siempre lo hizo con amor y transmitiendo profundamente el amor del Padre Dios, rico en misericordia.
La corrección debe unir en todo momento misericordia y verdad, amor por el hermano y obediencia, autoridad y dulzura. El amor auténticamente espiritual es capaz de corregir y amonestar al amado. El verdadero peligro estaría en callar el mal por una mala comprensión del amor hacia el que se ha equivocado, convirtiéndose de este modo en cómplices. Corregir está muy cerca de la Obra de Misericordia que vimos precedentemente: “Dar consejo al que lo necesita”, debido a que corregir es dar consejo al que tiene la voluntad débil y no sabe qué decisión tomar.
Corregir es pasar de la actitud individualista e irresponsable de Caín (Gén 4,1) a la actitud de responsabilidad y del encuentro con el otro. Es sentir que el otro me importa, que me importa su persona, su vida, su fe, su santidad y su bienestar. En fin, corregir es amar.











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