Es de conocimiento de muchos que en la Biblia cuando se cambia el nombre a alguien, significa que le queda asignada una nueva misión. Jesús lo hizo con Simón Pedro (Mt 16,17-19) y esta tradición permanece hasta el día de hoy entre los sucesores de Pedro: Angelo Giuseppe Roncalli (1958), asumió el nombre de Juan Veintitrés; Giovanni Battista Enrico Antonio Maria Montini (1963), Pablo Sexto; Albino Luciani (1978), Juan Pablo Primero; Karol Józef Wojtyla (1978), Juan Pablo Segundo; Joseph Aloisius Ratzinger (2005), Benedicto Dieciséis y Jorge Mario Bergoglio (2013), Francisco.
Como podemos ver, de los cinco Papas de la segunda mitad del Siglo XX, cuatro asumen nombres bíblicos: Juan y Pablo o su combinación; con excepción de Ratzinger, que se constituye en el Papa número 16 en elegir el nombre de Benedicto. Juan significa “Hombre fiel a Dios”; Pablo, “Pequeño u hombre de humildad”; Benedicto, “bendito”.
El Papa argentino no solo asume un nombre completamente nuevo: Francisco, que significa “libre, audaz”, sino que lo elige en honor a un santo de la Edad Media, lo que implica que Bergoglio decidió conscientemente asumir, con este nombre, el programa de su Pontificado.
Aquella emblemática noche del 13 de marzo del 2013, después de cinco votaciones del Colegio de Cardenales en el Cónclave, con una Plaza San Pedro abarrotada de personas, todo se tornó mágico: llovía en Roma, el viento primaveral acariciaba con sus húmedas ráfagas los rostros de los presentes, el humo blanco se podía ver salir por encima del techo de la Capilla Sixtina, en la chimenea se posaba una gaviota blanca, como si también esperara la noticia que revolucionaria el mundo y la Iglesia, hasta que sonaron las enormes campanas de la Basílica San Pedro, se abrieron los micrófonos y los cantos de júbilo de una multitud enardecida solo lo aplacaron los altoparlantes de la Plaza cuando la voz tremulante del protodiácono Jean-Louis Cardenal Tauran, cuando dijo: “Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam. Eminentissimum ac reverendissimum Dominum, Dominum Georgium Marium Sanctae Romanae Ecclesiae Cadinalem Bergoglio. Qui sibi nomen imposuit Franciscum”.
¡Roma eterna. Que escuchaste los alaridos eufóricos de los soldados y la población que azuzaba los leones contra los cristianos, que hiciste columnas humanas para recibir a tus héroes llegados triunfantes de las batallas en las cuales conquistaron el mundo, ahora te vuelves a reunir con la misma algarabía, esta vez no en el Coliseo, sino en la Plaza San Pedro, para celebrar la elección de un nuevo Papa!
Quienes mirábamos con ojos espabilados desde cualquier rincón de la Plaza, pudimos ver la figura de un mensajero de Dios, que llegaba al Vaticano desde el Sur del Sur del mundo y se presentaba tímido ante la humanidad, desde el balcón de la Basílica San Pedro.











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