La Iglesia, en el mes de septiembre, nos invita a leer y a meditar la Palabra de Dios. Claro está, todos los días son oportunos para profundizar y reflexionar en torno a ella, para alimentar nuestra alma y fortalecer nuestro espíritu. Pero tomando en consideración que san Jerónimo fue un amante y defensor de la Biblia, que la tradujo del griego y el hebreo al latín y que sostenía en sus escritos el postulado que, “Desconocer las escrituras es desconocer a Cristo”. En honor a este gran santo, dedicamos un mes completo para escrutar las Sagradas Escrituras y amar más intensamente los caminos del Señor.
Así como nos acercamos y sacamos tiempo para conocer una novela, un cuento, obras de teatro, temas sociales, culturales, sexuales y de otra índole, de igual manera, hay que darse la oportunidad de ponerse en contacto con la gran sabiduría que esconde la Biblia. Dedicar unos minutos para descubrir el valor que tiene este libro, no solo para el mundo religioso, sino para la humanidad en general, porque al hacerlo no es perder el tiempo, es ganar conocimiento y vida. Prueba de esto es que científicos, filósofos, escritores, cineastas, ateos, arqueólogos y un gran número personas de distintas ramas del saber humana, han hojeado la Palabra de Dios encontrando respuestas a sus preguntas y dudas alojadas en su ser.
La Biblia es la historia de salvación de un pueblo que, a pesar de sus caídas y levantadas, rechazos y reencuentro con Dios, encuentra su confianza y esperanza en la promesa cumplida por el Creador del Universo, cuando manda a su Hijo a morir en una cruz por los pecados de los hombres, logrando así, redimir, no solo a un pueblo sino a todo el género humano. Es decir, que acercarse a la Palabra de Dios es buscar luz para nuestros pasos, alegría para nuestro corazón. Es tener un encuentro personal con la persona de Jesús.
En una sociedad que nos ofrece de todo, dejándonos muchas veces vacíos por dentro, aunque aparentemos llenos por fuera. La Iglesia nueva vez nos presenta la Sagrada Escritura, no como un castigo por nuestras faltas ni mucho menos como un juez acusador que nos persigue día y noche para restregarnos los miserables que somos. No, Dios no nos habla en la Biblia para complicarnos la existencia, todo lo contrario, viene para darnos fortaleza y razones para vivir; motivos para encontrarle sentido a todo lo que hacemos en nuestra cotidianidad. Ya lo dice el evangelista: “he venido para que tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).
En definitiva, hay que reencontrarse con Dios en su palabra de vida. Tenemos que ser lo suficientemente humildes para dejarnos amar por Jesucristo. No debemos tenerle miedo a Dios, porque no viene a nuestra existencia para quitarnos nada, sino para regalarnos lo necesario para ser felices y realizados. Por eso, vayamos a los pasajes sagrados con los pies descalzos, con las manos abiertas y con la plena disposición de encontrarnos con el Maestro.











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