Nuestra vida se encuentra en constantes cambios y sumergida en diversas situaciones. Y como siempre aparecerán circunstancias que nos desafían, tendremos que ir aprendiendo a madurar y a vivir con los pies en la tierra. Pues, no hace poco estábamos en una Pandemia, en un ambiente tenso, triste, doloroso y lleno de incertidumbre. Fue tan delicado y complejo lo que estábamos pasando que el mundo estaba inmerso en un terror psicológico, emocional, económico y social. Todo parecía el fin del planeta tierra por la gran cantidad de gente muriendo y personas desesperadas por el contagio del covi-19.
Pero gracias a Dios y a las ayudas humanas, podemos decir que ya hemos superado la Pandemia; ya se hace posible respirar, compartir y alegrarnos con más tranquilidad. Ahora podemos ampliar nuestro horizonte, volver a reorientar nuestros deseos, aspiraciones y, sobre todo, se hace oportuno entrar en la Cuaresma, pasar del exterior al interior. Ser capaz de mirar nuestra vida por dentro para sacar lo mejor que tenemos.
Salimos de una cuarentena, del encierro que atormentaba a la existencia humana para entrar libre y voluntariamente a la Cuaresma, donde haremos viable vitalizar lo que somos y tenemos. Con el propósito de volver a colocar el tren en su sitio, para poner nuestro corazón en el centro de Dios y priorizar aquellas cosas que nos dan paz, felicidad y sentido real en las acciones cotidianas. Es el momento de mirarnos al espejo y no fijarnos únicamente las canas, las ojeras y algunos defectos físicos, sino que es el tiempo de ir más allá de lo visible y observar si somos realmente felices o si estamos siguiendo los pasos de otros para sentirnos incluidos y reconocidos por los demás.
Sí, la Pandemia movió el planeta tierra, el sistema sanitario global y nos hizo repensar cuáles son las realidades importantes en los momentos difíciles. De igual manera, la Cuaresma tiene que mover nuestro interior, sacudir nuestros miedos y frustraciones, no para dejarnos en el suelo, ni tampoco con el objetivo de humillarnos. Todo lo contrario, ha venido para sacar lo mejor que llevamos adentro, educarnos para poner a Dios en su sitio, la familia y nuestra espiritualidad en Jesús por encima de cualquier otra cosa superflua y pasajera. Es hora de dejar de aferrarnos a las cosas materiales y caducas de este mundo, para fundamentar nuestra vida en los valores trascendentales, por ser los que nos llevan a Dios.
Dice el refrán: “No hay un mal que dure cien años ni cuerpo lo resista”. Ya que el mal de la Pandemia no está, seamos humildes para mirar con paciencia y detenimiento hacia dónde vamos caminando, qué es realmente lo que importa en esta vida, cómo hacemos en nuestra rutina diaria para vivir con los ojos despiertos y con el corazón palpitante en lo sagrado; en lo bueno y puro que nos puede ofrecer la fuerza que viene de lo alto, para alcanzar cada día justamente el plan perfecto que Dios soñó con nosotros.











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