Estamos en la era de las emociones, donde muchas cosas comienzan y pocas terminan. Nos encontramos en la época de las inseguridades, en la continuidad del relativismo. Vivimos sumergidos en una sociedad que con facilidad se aburre, abandona con naturalidad los compromisos asignados. Sí, en un mundo así habitamos, rodeados de seres humanos que piensan diferente y en el que algunos se encuentran en su propia burbuja, con sus ideas preconcebidas.
Justamente dentro de ese modo de vivir, descrito anteriormente, volvemos a conmemorar el gran acontecimiento de la vida cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Que, aunque para muchos parezca ya un disco rayado por repetirse cada año y para otros, signifique una página pasada de moda, para los hombres y mujeres de fe, sigue siendo el grandioso hecho histórico que ha dividido el mundo en un antes y un después de Cristo, no solo por sus signos y prodigios ante un pueblo necesitado de la bondad de Dios, sino porque es el único ser humano en la humanidad que ha resucitado de entre los muertos.
Por eso, mientras el pesimismo mundial nos arropa, la ideología de género busca cada día más implantarse en todos los continentes; la guerra entre Rusia y Ucrania sigue poniendo en peligro el planeta, Cristo, por el otro lado, nos muestra el rostro misericordioso de su Padre, trae un mensaje de paz y, sobre todo, no ha dejado de perder la esperanza en el hombre.
Esta es la razón por la que, en Semana Santa, actualizamos ese amor puro y real con que el Padre nos ha mostrado a través de su Hijo Jesucristo su infinita bondad. Pero Dios no viene con un amor momentáneo ni pasajero, tampoco con un sentimiento de corta duración, al contrario, se acerca con un amor que asume la libertad y la responsabilidad de salir en búsqueda del hombre perdido por el pecado, el cual, necesita encontrarse nueva vez con la luz divina, regresar al amor primero para tener la confianza de abrazar a Dios y recuperar su dignidad humana.
El amor de Cristo llegó hasta el final. No dejó que el dolor, el sufrimiento y el peso de la cruz hiciera que dejara todo botado y regresara con las manos vacías al Padre. Su ejemplo de vida supera todo paradigma existente, porque nadie es capaz de entregarse por los demás como lo hizo el mismo Jesucristo y menos en una sociedad donde estamos impuesto a mirar como la gente con tanta facilidad de un pronto a otro, tira todo por la borda: familia, amigos, empleo, profesión, ideas. En fin, la vida entera, sin darse cuenta lo que ha hecho.
En definitiva, déjate iluminar por el amor traspasado de Jesús. Y si alguna vez tienes el deseo de tirar la toalla o quedarte en el suelo, no olvides que el venció la muerte y aunque las espinas le hicieron mucho daño, el amor pudo más que el dolor.











Discussion about this post