Jugando con las palabras he querido utilizar la expresión: “La Generación del: Cuando me nazca, lo hago”, para dar mi opinión sobre un fenómeno que en los últimos años se viene dando en los jóvenes. Pues, es típico escuchar hoy frases, como: “iré a la Iglesia cuando me nazca”, “no lo hice, porque no tenía deseo”, “me gustaría hacerlo, pero no me nace”. Y la más romántica: “Hazlo solo si tienes deseo”. Pareciera que estamos en la época de los sentimientos superfluos, en el tiempo donde ya no es el razonamiento lo que nos guía, sino lo que sentimos.
¡Qué curioso! Generalmente el deseo rápido y sin dudar aparece mayormente para lo que nos gusta. Por ejemplo: ir al cine, visitar la playa o el río; ver una película o alguna serie en Netflix. Para esas cosas siempre hay deseo. Contrario sucede para aquellas realidades que implican sacrificios, voluntad y decisión. Tales como: terminar los estudios o algún proyecto, realizar una tarea universitaria, ayudar en los quehaceres domésticos, alcanzar algún propósito establecido, etc.
Da la impresión de que muchos jóvenes de esta generación piensan y fundamentan su existencia en las emociones, y no en el pensamiento. No les resulta agradable pensar. Quieren cogerlo todo suave. Sin embargo, hay que tener claro que los sentimientos no piensan, esa función solo la tiene el cerebro, el cual nos ofrece la capacidad de tomar decisiones serias y responsables.
Seamos realistas y sinceros, el mundo no se hizo de la expresión “Cuando me nazca, lo hago”. Ni tampoco se ha escuchado decir que un país o una nación jamás fue liberada porque un grupo de hombres y mujeres por mero sentimentalismo se lanzó a luchar y vencieron. En otras palabras, la mayoría de las decisiones en esta vida no depende solamente del “sentir”, sino del decidir. No vamos a negar que fuera lindo y hermoso tenerlo todo sin el mínimo esfuerzo. Pero no podemos vivir en las nubes ni tampoco metidos en una burbuja, sino con los pies en la tierra y enlodados.
El mundo, los proyectos, los planes y todo lo que aspiramos en la vida no depende de un deseo simple y momentáneo. Eso de vivir como en un cuento de hadas, hay que dejárselo al genio “Aladino y la lámpara maravillosa”, a los niños que siempre viven soñando y a las personas que todavía creen que este planeta es un parque de diversiones las 24 horas del día.
En definitiva, hay que pasar de la generación del “Cuando me nazca, lo hago” a la “Lo hago, aunque me cueste”. Porque al final de la tarde y cuando caiga la noche, no son los deseos que nos darán la felicidad, sino el esfuerzo, las lágrimas derramadas, los callos en las manos, las canas en la cabeza, las ojeras en los ojos, las arrugas en la cara y la conciencia de saber que cumplimos contra viento y marea con lo que teníamos que hacer.











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