En un día cualquiera, de esos que son comunes y corrientes, en los que las horas van transcurriendo a un ritmo normal, podemos de pronto escuchar unos pájaros cantar, detenernos a contemplar el paisaje que nos regala el mundo y observar a la gente pasar. Puede que una simplicidad en nuestro diario vivir nos sorprenda y provoque en nosotros el verdadero sentido de las cosas y nos lleve a crear conciencia del grandioso planeta que Dios nos ha regalado.
Pero el tiempo se fracciona, y nuestra mente vive sumergida en muchas cosas. Esta es la razón por la que poco a poco comenzamos a vivir en automático, a hacerlo todo de manera programada, como si lentamente fuéramos perdiendo el control sobre nosotros mismo.
Nuestra cotidianidad cada vez más se va quedando sin melodía, sin música y sin aroma. Nuestra vida se está volviendo seca, apagada y sin brillo. El trabajo, los estudios y las obligaciones diarias, que son parte de nuestro desarrollo personal y social, nos están robando nuestra magia, la alegría, el sentido del humor y por qué no, el anhelo de seguir esperando algo diferente y novedoso, porque sin darnos cuenta, hemos olvidado los pequeños deleites de la vida. Esos que conocemos: sentarnos una hora en un parque, mojarnos debajo de la lluvia, hacer cuento con los nietos y sobrinos.
A lo mejor, en algún momento de la vida, tendremos que hacernos las siguientes preguntas: ¿dónde se quedó lo que éramos?, ¿cuándo fue que comenzó nuestro interior a morirse lentamente?, ¿qué fue lo que provocó que cambiáramos nuestra alegría, por una vida fría y apática?
Creo que todo inició cuando nos convencieron que vivir al ritmo de los tiempos era lo mejor. Cuando la prioridad a seguir ya no era la felicidad, sino la moda, la diversión y hacer lo que la mayoría entendía que era lo favorable y oportuno.
Debemos recuperar nuestra originalidad primera. Tenemos que ser capaces de reencontrarnos con nuestra identidad, con nuestro verdadero yo, con nuestra naturaleza sincera, porque es justo que todo lo que hagamos nos sume, y no que nos reste, ya que si al final todo lo que hacemos nos quita la paz, no diremos como dice Pablo Neruda: “Confieso que he vivido”, sino que a lo mejor tengamos que decir: “Reconozco que no he existido”. Por tanto, veamos qué nos está robando lo que somos, en qué parte de nuestra historia nos quedamos, cómo podremos encontrarnos para darle a nuestra vida el norte justo y real que nos lleva la felicidad humana y espiritual.
Por eso, en un momento cualquiera, en la hora menos esperada, hay que dejar el celular a un lado, para visitar un lugar nuevo, comerse un helado, ir solo a un restaurante, escuchar una buena música, tomarse una copa de vino, llamar a un viejo amigo o simplemente hacer algo espontáneo para recordar que estás vivo y que a pesar de los momentos grises es posible recuperar los colores que abandonamos en algún sitio por donde transitamos.











Discussion about this post