Vivimos en una sociedad violenta. Frecuentemente escuchamos que en una escuela, en las calles o en algún lugar comercial, hubo una discusión, una riña o que le quitaron la vida a tal persona por una situación particular. En muchas ocasiones, la razón por la cual ocurre el hecho es insignificante comparado con la actitud que se toma para agredir al otro. A esto se agrega el hecho de que aparecen curiosos que en vez de propiciar la fraternidad y la armonía, mejor acuden a grabar la disputa y luego tiene la suficiente “genialidad” de subirlo a las redes, no con el objetivo de crear conciencia sino para entretener al público en general.
El ambiente, la crisis familiar, la situación económica, la experiencia de una reciente pandemia y una gran cantidad de problemas históricos, psicológicos y espirituales, son parte de las grandes causas y los motivos que nos hace estar inmersos en una cultura violenta. Por estas y otras razones más, las personas reaccionan enojadas, incómodas e instintivamente cuando se les presenta alguna dificultad en el día a día. Por eso, no nos pueda extrañar que en cualquier día de la semana en los periódicos y en las redes sociales publiquen un herido o una persona fallecida.
También hay que agregar otro elemento que lo complicad todo, que es el orgullo; actitud engreída de encerrarse en sí mismo y creerse mejor que los demás, y que en vez de ayudar perjudica al ser humano. Dada esta realidad, hay gente que ante situaciones de riesgo prefiere perder la vida en vez de su orgullo, olvidándose de que todo se puede recuperar, menos la existencia.
De igual modo, vivimos en una cultura machista, en un espacio humano que goza con el “fronteo”, es decir, con provocar al otro para hacerlo enojar, incomodarlo o ridiculizarlo, ya sea con la exhibición de ropa de marca, de vehículos, con frases ofensivas, etc. Y esto facilita el aumento de la violencia, lleva a que nuestra sociedad tenga la violencia como estilo de vida. Pues, no solo hay guerras en los barrios, se dan asimismo en la clase media y alta, porque la violencia no tiene religión, partido ni nacionalidad. Con la salvedad, que no se da con la misma frecuencia en cada estrato social.
Por eso, constantemente hay que optar por aprender a ser prudente, a educar nuestras emociones; debemos ser personas que luchen por la paz y por el bienestar de la humanidad. Aunque claro está, en teoría muchos lo saben, lo difícil, como se suele decir es aplicar eso en el momento adecuado, porque todos reaccionamos ante las provocaciones, al observar una mala noticia, al estar al frente de un acontecimiento que nos saca de nuestra zona de confort. En otras palabras, todos estamos expuestos a cometer una locura, pero si poco a poco nos vamos trabajando interiormente, priorizando nuestro corazón y colocando a Dios en el centro de nuestras vidas, al final será posible la reducción de actos tristes y lamentables en nuestro mundo.











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