La familia es un regalo de Dios. El acto más significativo efectuado por el Creador a favor de la humanidad. Es la imagen y semejanza de la realidad divina reflejada en la relación afectiva entre padres e hijos. De ahí que pobres, ricos, blancos, negros; personas honestas o deshonestas, grandes líderes de la historia o personas anónimas, gocen de la misma dicha y del gran privilegio de haber nacido en una familia, donde se entrelazan las primeras experiencias humanas y espirituales.
La familia es la base de la sociedad. Reducirla, ignorarla o eliminarla, es un atentado contra la mano bondadosa de Dios y contra dignidad del hombre. Es negarle al ser humano su integridad divina y humana. Es pretender construir y reinventar al ser humano pero sin tomarlo en cuenta en los momentos de la acción. Es decir, como es si tratáramos a la familia como una realidad innecesaria para vivir, un hecho superfluo para alcanzar nuestros sueños y proyectos. Actuar a espalda de la familia, es destruir nuestra identidad, no reconocer su valor objetivo ante un mundo líquido y fugaz.
No es posible un nuevo orden mundial sin la presencia del núcleo familiar. La ciencia puede avanzar y seguir desarrollándose, pero si para lograr dicho cometido se apoya en la despenalización del aborto, en la aprobación de la eutanasia como “el dulce morir”, reconoce el matrimonio homosexualidad como una realidad natural y aceptada, y promueve una “libertad sin responsabilidad”, entonces todo será un caos, un ser humano sin corazón, sin alma, y comenzaremos a dejar de utilizar la razón y nos guiaremos por sentimientos de orillas, por deseos caprichosos y nuestra existencia será una pura diversión sin dirección.
Nadie puede nacer por iniciativa propia. La familia no es un agregado en nuestra vida. Es decir, una pieza que no tiene ninguna función. Tampoco es una opción de la cual se pueda prescindir para sentirse feliz y realizado. No se puede ser pretencioso en este sentido, sin familia no hay presente ni futuro, todo se vuelve un laberinto, un círculo vicioso. El amor desaparece donde no se crece en familia. La soledad, el odio, el rencor, la carencia afectiva y otras realidades, se convierten en el refugio de los que no crecieron al lado de una familia.
La familia se encuentra en peligro en nuestros días. La generación del egoísmo gana terreno cada vez más porque la existencia sin sentido se impone. La ideología de género invade de igual manera todos los estratos de la vida colectiva de la sociedad. Por consiguiente, debemos motivar a todos los seres humanos que todavía creen en la institución familiar, como la raíz fundamental para el bienestar de la convivencia entre las personas, para luchar por familias sanas y unidas. Tenemos por tanto, que defender a la familia, expandir sus aportes a través de la historia humana y hacer todo lo posible para entregar a la próxima generación una sociedad mejor que aquella que encontramos.











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